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La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada romance Capítulo 33

—Nuno —la voz rasposa lo sacó de sus pensamientos.

—Dígame, abuelo.

Don Pedro Páez dejó su taza sobre el platito. Sus viejos ojos, llenos de astucia y experiencia, lo evaluaron de inmediato:

—¿Sigues pensando en ese viejo zorro?

Habló con un tono neutro y distante.

—Héctor no sirve para los negocios, pero en estos veinte años se ha vuelto un experto en formar grupitos y manipular a la gente. Si tu padre no hubiera arriesgado su prestigio para ponerte en el lugar que ocupas hoy, me temo que...

No terminó la frase, pero el mensaje estaba claro.

—¡¿Mi padre?! —Nuno agarró su taza y se bebió el café ardiendo de un solo trago, sin inmutarse, como si buscara apagar el fuego del odio en su pecho—. ¡No es más que un cobarde!

—¡Nuno! —la voz de Don Pedro subió de tono, cargada de una autoridad absoluta—. ¡Lo del accidente fue una tragedia impredecible! ¡No te sirve de nada, ni a ti ni a nadie, vivir atrapado en el pasado! ¡El timón de la familia Páez está en tus manos! ¡Solo soltando el pasado podrás llevar este barco a buen puerto!

Nuno guardó silencio. Las venas de sus puños apretados resaltaban, evidenciando la furia que no lograba desahogar.

Don Pedro conocía su terquedad, así que no insistió más.

—Me enteré —dijo, cambiando el tema como si no le diera importancia— de que la familia Quiroz se comunicó ayer. ¿Es cierto que elegiste a la chica que acaba de salir de prisión? ¿Mila Quiroz?

—Sí —respondió Nuno, inexpresivo.

—Los Quiroz son unos descarados. Tuvieron el atrevimiento de sugerir que te quedaras con su hija adoptiva, esa tal Luna —Don Pedro limpió una mancha imaginaria en la mesa, con un tono lleno de desprecio—. Al final, es una vergüenza para su familia. Tienen a su propia sangre sufriendo en la cárcel, no movieron un dedo por ella, pero tratan como una princesa a la que creció rodeada de lujos... Ja, son unos estúpidos.

Levantó la mirada y clavó sus ojos penetrantes en Nuno.

—Ya que la elegiste a ella, no voy a meterme en tus asuntos. Pero me da curiosidad...

Se inclinó hacia adelante, analizándolo.

—Tú, que todos estos años has ignorado a las mujeres y detestas las citas a ciegas, de pronto aceptas casarte y hasta fuiste personalmente a la casa de los Quiroz...

Sus viejos ojos, que habían visto de todo en esta vida, brillaban con intensidad.

—¿Qué clase de mujer es?

¡Clack!

¡A Don Pedro se le resbaló de las manos su preciada taza de porcelana, que se hizo pedazos contra la mesa!

Como si lo hubiera partido un rayo, levantó la vista. Sus viejos ojos estaban desorbitados y, por primera vez en años, perdió por completo la compostura.

—¡Desgraciado! ¿Qué... qué mosca te picó?!

El abuelo había llenado su escritorio con los perfiles de las mujeres más codiciadas de Valle Plateado, ¡y él ni siquiera las había mirado de reojo!

¡Y ahora! ¡Sin decir una sola palabra! ¡¿Se había ido a casar por el civil con una mujer recién salida de prisión y de la que no sabían casi nada?!

La impresión lo golpeó como un maremoto, pero en cuestión de segundos, fue reemplazada por una curiosidad enfermiza y abrumadora.

—¡Jajajaja! —Don Pedro soltó una carcajada profunda y llena de intriga. Clavó la mirada en el acta de matrimonio, como si quisiera traspasar el papel para ver a la atrevida mujer que había logrado esto—. ¡Bien! ¡Esto sí que es distinto! Nuno... ¡me has dado la sorpresa de mi vida!

Se puso de pie de un salto. Parecía que iba a devorar el documento con la mirada.

—¡No, esto no puede esperar! ¡Tengo que verla con mis propios ojos! —exigió con una urgencia que no aceptaba un no por respuesta, y con los ojos ardiendo de emoción—. ¡Quiero ver qué clase de mujer logró domar a mi nieto!

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