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La Princesa romance Capítulo 87

—¡Quiero ir a ese instituto privado, no quiero ir al Colegio General San Martín!

—Manita, con tus calificaciones ni de chiste vas a entrar al Colegio General San Martín. Tu papá se partió el lomo para pagar la cuota y que te dejaran entrar, así que mejor pórtate bien y quédate ahí.

—Sí, además, en esa escuela estamos nosotros para cuidarte. Si te vas sola a ese instituto y te hacen llorar, ¿quién va a ayudarte?

—Tú sabes cómo está la situación en la casa, ¿por qué insistes en irte al instituto? —como el mayor, Alfonso habló, y Jacinta sintió un escalofrío de miedo aunque no lo reconociera.

—Yo sólo quiero ir... —murmuró Jacinta, bajando la mirada, sin poder dar una razón clara.

—El dinero ya está pagado, así que te quedas en el Colegio General San Martín. Si después la cosa mejora, lo platicamos y si quieres, te cambias.

—Pero...

—Tu hermano tiene razón. Además, ese instituto no es tan fácil de entrar y, como estamos ahora, ni siquiera sabemos si cumplirías los requisitos. Y mira, los profes del Colegio General San Martín no le piden nada a los del instituto. Mejor ponte las pilas, no andes de vaga como en la secundaria gastando tu tiempo en fiestas y comida. Si estudias bien y logras entrar a una buena universidad, eso vale más que cualquier otra cosa.

Aurelio parecía agotado. Apenas terminó de decir esto, se fue sin mirar atrás.

Jacinta, por supuesto, no estaba dispuesta a ceder, pero esta vez, sin importar cuánto gritara o hiciera berrinche, nadie en la familia la apoyó. Desde ese día, cada vez que algo no salía como ella quería, Jacinta se desquitaba tirando cosas o gritando insultos.

La situación de la familia Balderas empeoraba cada año. Todos estaban estresados y al borde del colapso. Federico y Camila, por sí solos, ya generaban muchos gastos. Santiago tuvo que dejar sus clases extra, y Alfonso, como el mayor, buscaba cualquier trabajo para ayudar, aunque el dinero nunca alcanzaba.

Sus ojos dejaban ver toda la avaricia, pero ella no notó la decepción que comenzaba a cubrir los rostros de su familia.

—Que hayas encontrado a tus padres es bueno, la familia Montemayor tiene mucho dinero y seguro te va a ir mejor con ellos que con nosotros —Aurelio contestó, su voz cansada y su cara más envejecida que nunca.

—Y sobre ese millón o dos que ofreces, olvídalo. La familia Balderas podrá estar en la ruina, pero no necesitamos que una hija adoptiva nos mantenga con el dinero de unos padres ricos.

—Mejor, así me ahorro el problema. Yo sólo quería pagar un millón para dejar atrás esta relación, pero si no quieren, perfecto. Eso sí, luego no digan que quieren algo de mí, porque no pienso dejar que me saquen nada.

—¡Jacinta! —gritó Federico, de pronto, sin poder contenerse. Su mirada era de incredulidad. ¿Cómo era posible que su hermana, a quien toda la familia había cuidado y querido como a nadie, pudiera decir algo tan cruel y definitivo?

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