Las palabras de Federico fueron la gota que derramó el vaso para Jacinta Montemayor.
Jacinta lo fulminó con la mirada, el gesto torcido por la rabia y el orgullo herido.
—¡Sí! ¡Esta es la vida que siempre quise!
Lucrecia, a su lado, intentó detenerla sujetándola del brazo, pero Jacinta Montemayor la apartó de un tirón. Dio un paso al frente, acercándose a Federico, y él se quedó ahí, plantado, mirándola desde arriba.
—Mi cuarto es más grande que todo el departamento donde antes vivía. Todos los días me traen ropa hecha a la medida, tengo gente que me atiende, y hasta el chofer me lleva y trae a la escuela. Solo cambié de apellido y mi vida dio un giro total, ¡eso es justo lo que buscaba!
—Solo de pensar en ese cuartucho apestoso donde vivíamos antes, me dan náuseas. No tienes idea de lo feliz que estoy de haber dejado atrás todo eso.
Federico apretó los labios, pálido, con el corazón encogido. En el fondo, no lograba entender en qué momento todo se había torcido, ni cómo Jacinta Montemayor podía haberse transformado en alguien tan irreconocible.
Como si hubiera tomado la decisión final, Federico la miró con una mezcla de tristeza y decepción.
—Está bien. Que sea como tú quieres. Desde hoy, será como si nunca nos hubiéramos conocido.
Tragó saliva, con la voz a punto de quebrarse.
—Espero que seas feliz.
Sin mirar atrás, se dio la vuelta y se marchó, con paso firme, sin dejar rastro de duda o nostalgia.
Jacinta Montemayor permaneció quieta, como si estuviera en trance, murmurando en voz baja para sí misma.
—Sí… esto es todo lo que quiero. Mientras tenga riqueza y lujos, ¿qué importa lo demás? Ahora, cualquier cosa que desee, me la traen solo con pedirlo. Da igual si son treinta mil, trescientos mil o hasta tres millones de pesos. Es cuestión de decirlo y listo.
—Jacinta… ¿estás bien? —Lucrecia, parada a un lado, la llamó con timidez.
—No pasa nada, Lu. Ya llegó el chofer de mi familia, me voy. Perdón por lo de hoy, cuando quieras te invito a mi casa el fin de semana para que te relajes, ¿va? —Jacinta sonrió, pero esa sonrisa dejó a Lucrecia un extraño escalofrío en la espalda.
—Hermano, aquí. —Jacinta, sentada en el asiento, le hacía señas para que se acercara.
—Ajá. —Federico, cargando su mochila y llevando otra rosada en la mano, pasó su tarjeta y se sentó junto a Jacinta.
—Hoy les conté que tengo tres hermanos y no me creyeron. ¿Mañana puedes venir con Santiago y llevarme a mi salón?
Por lo general, los cuatro hermanos iban juntos a la escuela, pero de regreso era Federico quien siempre acompañaba a Jacinta. Alfonso, el mayor, se quedaba porque era el jefe de grupo y tenía que supervisar la limpieza del salón, y Santiago casi siempre se metía en problemas y lo dejaban castigado.
Entre todos, Jacinta confiaba y quería más a Federico. Alfonso era demasiado serio, Santiago un torbellino, pero Federico siempre estaba dispuesto a escucharla y consentirla.
—Claro, cuando lleguen les digo. —Como siempre, Federico aceptó sin dudar.
—Nina dice que su mamá le trajo chocolate del extranjero. Yo también quiero.

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