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La Princesa romance Capítulo 76

—¿Que me lleves de regreso? —Vanesa soltó una carcajada, como si acabara de oír el mejor chiste del día. Caminó hasta donde estaba Federico y le lanzó una mirada, indicándole que no se preocupara.

Esteban captó el gesto, y su sonrisa se borró poco a poco.

—Claro que sí. Este lugar está sucio, feo y es diminuto, ¿por qué te empeñas en vivir aquí? ¿No se te cruzaron los cables? —Elías, aun siendo el menor, ya mostraba esa madurez rara y torcida, producto de la educación tan estricta de los Montemayor. Imposible que no saliera raro.

—Te lo advertí antes de que te fueras al extranjero: si vuelvo a oírte decir esas cosas, te cancelo todas tus cuentas de juego. ¡Todas! —Vanesa fue tajante.

—¡Vanesa!

—¡Te digo que me llamo Vanesa!

Ambos se encararon, mirándose fijamente, ninguno dispuesto a ceder. Trueno, el perro, daba vueltas a su alrededor, como si presintiera que cualquier momento estallaría una guerra. Justo cuando la tensión iba a explotar, los dos voltearon hacia Esteban.

—¡Esteban! ¡Ponle un alto a tu hermano!

—¡Esteban! ¡Ponle un alto a tu hermana!

—¡No soy su hermana! —Vanesa aprovechó la discusión para corregirlo en seguida, sin perder el ritmo.

Esteban miró a Federico, y este sintió que lo observaban como a una presa acorralada. Tragó saliva y le sostuvo la mirada, pero Esteban ya había vuelto los ojos a Vanesa.

—Te compré una casa grande en el extranjero. Pasado mañana te vas conmigo a Y país. —La voz de Esteban no dejaba lugar a discusión.

—No, gracias, paso. —Vanesa retrocedió un poco, burlona—. ¿Crees que después de todo el esfuerzo que me costó salir del nido de los Montemayor, voy a meterme de nuevo en la boca del lobo? Ni loca.

—Entonces vente conmigo a Melbourne —Elías no pensaba quedarse fuera de la conversación.

Federico captó la señal y caminó más rápido. Pero entonces, el ladrido de un perro resonó en el callejón; cuanto más se apuraba Vanesa, más fuerte ladraba Trueno, y pronto los perros de las casas vecinas se sumaron al escándalo.

Varias ventanas se abrieron y los vecinos empezaron a gritar groserías. En esas calles, la gente tenía la lengua afilada y no se guardaba nada.

—¡Esteban, cada vez te pareces más a un perro! —Vanesa apretó los dientes al lanzar el comentario.

—Vane…

Vanesa no respondió y se detuvo. Cerró los ojos y respiró hondo tres veces antes de girar para enfrentarlos.

—¿Y ustedes qué esperan? ¡Muévanse! —La forma en que lo dijo no podía ser más seca, pero aun así, Esteban siguió sonriendo, como si ya supiera que Vanesa terminaría por detenerse.

De pronto, los ladridos se callaron y el callejón volvió a la calma.

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