—Trueno, ven acá —se escuchó una voz infantil que retumbó en los oídos de todos. El pastor alemán, que estaba recostado cerca, en cuanto oyó la orden, corrió de inmediato hacia su dueño.
—Buen chico —Elías le acarició la cabeza a Trueno, que movía la cola como loco a su lado. Su sonrisa era tan natural que ni parecía sentir un poquito de culpa por haber asustado a los presentes.
Así, el niño y el perro comenzaron a jugar juntos, ignorando por completo las miradas de los demás.
—Claudio, llévate al perro —la voz de Esteban, seca y cortante, resonó de repente a espaldas de Elías. Aunque no le gustó nada, Elías no tuvo más remedio que entregarle la correa a Claudio, obedeciendo sin protestar.
Cuando el perro se fue, la fiesta quedó envuelta en un silencio extraño. Estrella, escondida en una esquina, reía tanto que apenas se le veían los ojos. De inmediato, mandó el video que había grabado. Y después, como si se le hubiera "resbalado" el dedo, lo compartió en el grupo de la clase… solo para borrarlo al poco tiempo, dentro del límite permitido.
El grupo se quedó callado, pero Estrella ya sabía que había logrado lo que quería.
—Mira nada más, sí que eres traviesa —Regina le soltó con un tono burlón.
—Ni que tú te quedes atrás —le reviró Estrella, soltando una sonrisa pícara.
Regina alzó una ceja, pero no insistió más. Al final de cuentas, tampoco soportaba la aparición repentina de Jacinta Montemayor.
Desde que ella regresó, Yolanda se la llevó directo a presentarse con la familia Romo. Con los primos varones, Jacinta se mostraba de lo más amable, y frente a los mayores, sabía cómo ganarse su simpatía. Pero, casualidad o no, siempre terminaba usando a las primas como contraste para resaltar lo "desafortunada" que era ella.
Regina sabía aguantar, pero las demás no. Al final, Jacinta Montemayor siempre salía ganando. Si alguien la hacía quedar mal, ¿por qué habría de detenerlo?
—¿A dónde vas? —le preguntó Regina al ver que Estrella guardaba su celular y se encaminaba hacia la salida.
—Ya vi todo lo interesante, hora de irme. Nos vemos mañana —contestó Estrella, agitando la mano antes de marcharse.
Regina se quedó viendo cómo se alejaba, con una pizca de envidia. Ella y Vanesa se aliaban, principalmente porque las dos entendían su situación: no eran más que piezas de ajedrez para la familia Romo y la familia Montemayor. Por mucho que se esforzaran, nunca recibirían nada a cambio, así que si querían escapar de esa jaula de oro, tenían que volverse más fuertes.
—¿Dónde están Esteban y Elías?
—El señor Esteban acaba de salir. El joven Elías… eh, desde que se escapó de la fiesta… ya no lo hemos encontrado.
—¡Búscalo! Y en cuanto lo encuentren, tráiganlo directo a mi estudio.
—Sí, señor —Claudio esperó a que Matías se alejara antes de atreverse a levantar la cabeza. No perdió ni un segundo y enseguida organizó al personal, asignó áreas de búsqueda y él mismo se fue al cuarto de vigilancia para revisar las cámaras.
...
—¡Pum! —La puerta del vestidor se cerró de golpe, haciendo que Jacinta Montemayor se sobresaltara. Yolanda estaba de pie junto a la ventana, y Matías, sin mostrar ninguna emoción, se dejó caer en el sofá, masajeándose las sienes con gesto cansado.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Princesa