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La Princesa romance Capítulo 66

Jacinta Montemayor ya no tenía nada del encanto y la docilidad que mostraba en la escuela; ahora parecía una fiera, con la voz aguda y los ojos llenos de rabia. Se despeinó de un manotazo, luego, como si necesitara desahogarse, le soltó una patada a Jazmín.

Jazmín casi termina de rodillas, pero logró mantenerse en pie a duras penas. Ni siquiera se atrevió a quejarse; apresurada, recogió su mochila y sacó unas sandalias preparadas de antemano, arrodillándose para colocarlas frente a Jacinta.

—No tienes ni tantita idea —le lanzó Jacinta una mirada cortante, sintiéndose cada vez más fastidiada. Alzó la mano con la intención de empujar a Jazmín, pero en ese momento se escucharon pasos acercándose.

El color se le fue del rostro, los ojos se le abrieron de golpe y de inmediato ocultó la mano tras la espalda, temblando, con una inquietud que la carcomía.

—Papá... —Jacinta tragó saliva, evitando la mirada de Matías.

—Jazmín, prepara una bebida y llévala al estudio.

—Sí, señor —respondió Jazmín, colgó la mochila en el perchero y salió casi corriendo rumbo a la cocina.

—Ven —Matías no especificó para quién era la orden, pero lanzó una mirada fugaz a Jacinta.

Después de que él se dio la vuelta, Jacinta apretó los puños, ocultando el odio en su mirada y siguiéndolo con pasos cautelosos.

...

La puerta del estudio se cerró. Jacinta se quedó de pie delante del escritorio, cabizbaja, sin atreverse a mirar a Matías, que estaba sentado en el lugar principal. El ambiente se tensó al punto de volverse irrespirable; ninguno de los dos decía nada.

Jacinta sintió un respiro de alivio, pensando que al fin su papá iba a defenderla. Sin embargo, por dentro le daba coraje que ahora Vanesa fuera llamada así, mientras ella era la verdadera Montemayor. Pero en ese momento, no podía ponerse a reclamar, así que asintió con fuerza y se sonó la nariz.

—Sí... Además, se burlaron de mí porque, según ellos, no sé comportarme. Yo solo quería invitar a mis amigas y a mi hermana al evento de la familia, contarles que por fin encontré a mis papás de sangre, quería compartir mi felicidad, pero mi hermana fue la primera en burlarse y decir que no tenía educación.

En la familia Balderas siempre la habían consentido; en el Colegio General San Martín tampoco le faltaba quien la admirara, jamás la habían tratado con esa indiferencia. Solo de pensarlo, las lágrimas se volvían más sinceras.

—La culpa es mía, nunca recibí ese tipo de educación; no soy como mi hermana, que es tan correcta y se porta tan bien. Ella hasta cuando viaja piensa en traerle un regalo a cada compañero. Todo es culpa mía... Con el desastre de mi familia adoptiva, es normal que mi hermana se sienta molesta.

—Vanesa ya no tiene el respaldo de la familia Montemayor, y aun así logra que los demás estudiantes la apoyen. En cambio, tú que llevas el apellido Montemayor, eres la que termina aislada. ¿No crees que deberías preguntarte por qué perdiste ante Vanesa?

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