—¡Papá, mamá! —los dos saludaron sin vergüenza, con la cabeza en alto. La pequeña calle de antojitos hervía de gente, era justo la hora de salida de la escuela y el puesto estaba rodeado de estudiantes.
—Fede y Vane, qué bueno que llegaron —Irma los recibió con una voz suave, sin detener las manos ni un segundo.
—¿No les dije que se fueran directo a la casa después de la escuela? ¿Por qué vinieron hasta acá? ¿Tienen hambre? Vayan a ver si quieren algo de comer —Aurelio, mientras le daba un paquete de arroz a un cliente, metió discretamente los pocos billetes que quedaban en la caja y los pasó a Vanesa.
Vanesa los tomó, le dirigió una mirada a Federico, y él entendió de inmediato. Se movió para tapar la vista de Aurelio, tomó el dinero y lo escondió entre la caja y el carro, todo como si nada.
Cuando terminó, Federico le hizo una seña de OK a Vanesa a espaldas de todos. Ella bajó la cabeza para ocultar una sonrisa, y al volver a levantarla ya tenía el semblante serio.
—Solo pasamos para ver si necesitaban ayuda con algo, papá.
—No hace falta que ayuden, mejor regresen y pongan el arroz a cocer. Nosotros volvemos cuando terminemos de vender —aprovechó Aurelio para hablarles en una pausa, mientras el sonido del pago digital seguía sonando de vez en cuando.
La mayoría de los que iban y venían eran estudiantes. Al pasar frente al puesto, inevitablemente echaban un vistazo curioso.
—Señor, ¿me da una orden de rollo de arroz con alga?
—Claro, ¿de qué sabor lo quieres?
—Una de sabor original... Pablo, ¿tú cuál vas a pedir?
No tuvo respuesta, así que volvió a llamarlo. Pero al seguir la dirección de su mirada, algo le indicó que se venía un problema.
—Vaya, si no es el galán distante de nuestro Colegio General San Martín. Dicen que tu familia se fue a la quiebra, ¿así que sí era verdad? —Pablo soltó el comentario con una voz cortante, llena de veneno.
—¡Pablo! —protestó su compañero, incómodo.
—Ahora que lo pienso, acabo de ver una mosca metiéndose al arroz. ¿Sí cumplen con la higiene? ¿Y si los estudiantes de último año nos enfermamos por su comida y fallamos el examen de ingreso universitario, ustedes nos van a pagar las consecuencias? ¡No! Como buen ciudadano, tengo el deber de proteger a la sociedad. ¿Qué tal si llamo a la línea de denuncias para que revisen si aquí todo está limpio?
La voz de Pablo se alzó sobre el bullicio y, de inmediato, la multitud que solo estaba mirando por morbo empezó a murmurar, convencida de que había un problema serio de limpieza en el puesto.
Aurelio, que alguna vez fue jefe de una empresa, mantuvo la compostura y ni se inmutó. Sabía que si no resolvía esto en ese instante, su negocio podría venirse abajo para siempre.
Ese rumor, tan fácil de soltar pero tan difícil de quitar, era una puñalada para ellos, que vivían de vender en la calle. Mientras su mente giraba a mil por hora buscando una salida, la voz de Vanesa emergió clara desde atrás, sin prisa y con la fuerza suficiente para silenciar a todos.
—Entonces dime, ¿cuándo viste la supuesta mosca? Ni ordenaste nada ni te acercaste al carro. ¿En qué momento se supone que viste una mosca meterse en el recipiente, si está cerrado con tapa y todo?
El bullicio se detuvo de golpe. Todos los ojos cayeron en Pablo, esperando su respuesta.

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