Jacinta Montemayor se puso pálida, pero aun así forzó una sonrisa, negándose a dejar que su expresión se viniera abajo.
—¿...David, a qué te refieres con eso?
Nadie le respondió. Apenas cruzó miradas con alguien, esa persona enseguida desvió la vista hacia otro lado.
—Para organizar una fiesta así, los anfitriones tienen que mandar las invitaciones con al menos una semana de anticipación. Invitar de palabra no cuenta, y hasta se considera una falta de respeto para los invitados.
En medio de la incomodidad, Lucrecia apareció a su lado sin que Jacinta se diera cuenta. Le habló en voz baja, como quien explica algo a un niño.
—Ay, ¿estás preocupada o te da igual? Si quieres, yo te puedo presentar a alguien que te enseñe modales —dijo Estrella, repentinamente animada, con ese aire despreocupado que, a los ojos de Jacinta, era una provocación descarada.
Jacinta apretó los puños, esforzándose por mantener la compostura. Miró a Estrella, conteniendo el coraje que amenazaba con salirse de control.
—Ay, Estrella, siempre tan bromista. Es que mis papás andan ocupados con mi fiesta de bienvenida, por eso no han podido encargarse. Pero ya me buscaron a alguien. Solo que como acabo de regresar, prefieren que me adapte primero y no me presione.
—¿Ah, sí? Pues más vale que te apures, porque hacer el ridículo en el salón no pasa de vergüenza, pero en tu fiesta de bienvenida... ahí sí te vas a volver la burla de todos.
Estrella sonrió con toda la inocencia del mundo, pero Jacinta solo podía apretar los dientes y forzar una sonrisa torcida.
—Gracias por tu preocupación, Estrella. Voy a tener cuidado de no dejar mal a mis papás en la fiesta.
—Por cierto, ¿dijiste que el señor Montemayor contrató a Ismael para que te diseñara el vestidor, verdad?
Los demás no sabían mucho, pero Vanesa sí tenía claro todo. Cuando la familia Balderas estaba en su mejor momento, los Montemayor apenas iban empezando. Solo fue en estos dos últimos años, con la caída de los Balderas, que los Montemayor lograron despegar. Jacinta siempre decía que le habían robado la vida, pero nunca le había tocado sufrir. ¿Quién le había quitado la vida a quién, de verdad?
Con la protagonista fuera, el drama se dio por terminado. Estrella colgó el teléfono de Ismael sin darle oportunidad de disculparse o decir nada más.
—Bueno, ¿van a querer sus cosas o no? —preguntó Yago, y en ese momento todos empezaron a moverse, acercándose a la parte de atrás del salón para recoger lo suyo. En un instante, el lugar se vació y el ambiente pesado desapareció.
—Ese tipo otra vez está llamando. Voy afuera un momento —dijo Estrella, viendo la pantalla del celular donde Ismael insistía con otra llamada. Le avisó a Vanesa y salió, empujando la silla mientras se alejaba.
—¿Carlos ya anda perdiendo más cabello, verdad? —preguntó Vanesa, que sabía que él estaba metido hasta el cuello con lo de la adquisición de otra empresa; justo ahora no podía dejar la oficina ni un momento.
—Le pagan veinte mil al mes, no voy a hacer todo el trabajo yo. Oye, ¿y tu mano qué tiene? —Vanesa le sostuvo la mano, notando que tenía unas manchas moradas y la piel abierta, a punto de sanar.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Princesa