Vanesa ya no sabía si reír o llorar. ¿Por qué a su alrededor todo mundo parecía dispuesto a regalarte una casa apenas y se enojaban tantito?
—Ni siquiera acepté la ayuda de David, ¿y tú de verdad crees que voy a aceptar la tuya? ¿Estás seguro que puedes con eso? —Vanesa lo miró de reojo, arqueando una ceja.
Yago se quedó congelado un segundo, y de pronto comenzó a sudar frío. Ya ni hablar de David, pero los celos de los que rodeaban a Vanesa no tenían límite. Si se enteraban de que Vane aceptaba su ayuda, seguro tendría que pedirle a un sacerdote que le echara la bendición antes de salir de casa, nomás para asegurarse de sobrevivir el día.
Tragó saliva y dio un paso atrás, resignado.
—Gracias, Vane, por no matarme.
Vanesa soltó una carcajada, ya sin ganas de seguir el juego, y lo ignoró por completo.
...
El salón estaba mucho más ruidoso de lo que había imaginado. Cada quien mostraba sus diseños: algunos espectaculares, otros tan extraños que provocaban carcajadas por lo disparatados.
Pero en cuanto Vanesa cruzó la puerta, el bullicio se detuvo. Todo el grupo se quedó en silencio al instante, mirándola con expresiones raras.
—¿Qué onda? ¿Acaso me operé la cara o cambié de género y nadie me avisó? Están viéndome bien raro.
La broma de Vanesa rompió la tensión, y el ambiente se relajó de inmediato.
—¡Uy! Si dices eso, ¿en qué hospital se atreven a tocar la cara de nuestra Vane?
—Eso, ni que lo intenten.
—Pero si cambias de género, piensa en mí —bromeó una chica, lanzándole una mirada coqueta a Vanesa.
Antes de que Vanesa pudiera responder, sintió una mano posarse en su hombro. Era una caricia posesiva, imposible de ignorar.
—A ver, todos para atrás. Aquí la única oficial soy yo —soltó Estrella, y sin más, le plantó un beso a Vanesa en la mejilla, bien sonoro.
—Quiero coserles la boca para que dejen de hablar basura, sacarles la cabeza hueca y agitarla un rato, y después ver qué tan oscuro tienen el corazón para ser tan malas.
Estrella sonreía tranquila, pero el brillo de sus ojos helaba la sangre. Parecía que de verdad podía cumplir cada palabra.
Las dos chicas se aferraron una a la otra, pero no pensaban ceder.
—Ni dijimos nombres, ¿por qué se dan por aludidas?
Vanesa se acercó y, con una sonrisa juguetona, le dio una palmada a Estrella en el hombro, sin apartar la vista de las dos.
—¿Y ahora qué harán ustedes? Si estuvieran en mi lugar, ni siquiera podrían venir a clases, ¿o sí? Digo, como nunca han sacado el primer lugar…
Sus ojos brillaban con determinación y su sonrisa seguía ahí, desafiando cualquier señal de enojo. Nadie podía adivinar lo que pensaba en ese momento.

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