—Tr... tres —Federico se quedó pasmado, tartamudeando al contestar.
Apenas terminó de hablar, el autobús se detuvo justo a tiempo para recoger a otro grupo de pasajeros. El ambiente, que había permanecido en silencio unos segundos, volvió a llenarse de voces y movimiento con la llegada de los nuevos usuarios.
—¿Escuché bien? ¿Esa chava le dijo “hermano” a Federico?
—¿Hermano de verdad? ¿No que su hermana era Jacinta?
—¡Ah! Ya me acordé, Susana comentó que Jacinta se fue con su familia. Dicen que sus papás biológicos son bien ricos, y que este nuevo ciclo escolar ya no va a estar con nosotros, sino en la escuela de fresas que está justo enfrente.
—¿Qué? ¿La princesita de la vida real? No puede ser, ¿qué clase de suerte tiene esa chava? Como si fuera protagonista de novela: ya con tres hermanos guapísimos cualquiera envidiaría su vida, pensé que su familia había quebrado y que este semestre la iba a ver toda agüitada... ¡y de repente resulta que ahora es millonaria!
—Compararse con ella nomás amarga a cualquiera.
—Oigan... eso quiere decir que la señorita esa era la supuesta “falsa rica”, ¿no?
—No inventen, qué chisme tan fuerte. Ya hasta siento que venir hoy a la escuela no está tan pesado.
—Pero, ¿no que su familia se fue a la ruina? ¿De dónde sacan para mandarla a la escuela privada?
—Seguro no entiendes cómo es esto. La niña rica no va a querer mezclarse con nosotros, prefiere mantener las apariencias aunque le cueste trabajo.
Federico ya no soportaba escuchar más. Estuvo a punto de responder, pero Vanesa le tomó la mano para detenerlo. En los ojos de Federico brillaba el coraje, pero se contuvo y miró a Vanesa, buscando una explicación.
—Así es la gente —le soltó Vanesa sin perder la calma—. Si te pones a discutir con ellos, solo te vas a embarrar en problemas. Aunque les ganes la discusión, les da igual la verdad. Por eso dicen que para inventar chismes solo hace falta boca, pero para desmentirlos terminas agotado.
Los estudiantes del Colegio General San Martín lanzaban miradas de todo tipo hacia el otro lado: curiosidad, desdén y, claro, un poco de envidia. Los de la academia privada, por su parte, ni se dignaban a mirar. Solo platicaban con sus amigos, discutiendo quién ganaría el trofeo de este año.
Eso sí, nunca faltaba quien quisiera provocar pleito.
—La vida no es igual para todos —comentó alguien, con una mezcla de envidia y resignación.
Al lado, otro soltó un —Pff— de total desprecio.
—Ni parecen estudiantes, con tanta payasada. Por eso nunca nos ganan en los exámenes.
—¡Miren nada más! Si no es el clásico estudiante del Colegio General San Martín, siempre creyéndose la gran cosa —apareció un chico en la esquina. Su ropa era tan llamativa que cualquiera lo notaba: llevaba el cabello teñido de rojo, un arete de cruz en una oreja y en la mano sostenía un tamal envuelto en hoja.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Princesa