—Al rato vayamos a tomar café, yo invito, abrieron uno nuevo, los del club dijeron que está buenísimo —Cintia abrazaba sus libros, y las cuatro acababan de salir de clase, listas para dejar los libros y lanzarse a comer algo rico.
—Entonces yo las invito a unos fideos en el restaurante de la calle de atrás. Hace dos días trabajé y ya me pagaron —Natalia agitó su celular, presumiendo su pago.
—Yo... yo...
—¿Tú? Mejor acompáñame a atender a nuestras dos jefas de hoy. Al rato les compro un dulce para que se animen, ¿va? —Vanesa dio un codazo a Beatriz, y todas soltaron risas, platicando de cosas comunes y corrientes.
De pronto, un tipo vestido de traje bajó de un carro negro.
—Señorita Balderas.
Las cuatro se detuvieron en seco. Vanesa reconoció al hombre, era el mayordomo de la familia Encinas.
—¿Vane, ese quién es? —Cintia le susurró, con el resto igual de alertas.
—No se preocupen —Vanesa les respondió antes de dar un paso al frente.
—Señorita Balderas, el señor Encinas la invita a la casa de los Encinas a tomar un café.
—¿Así es como invita la gente el señor? —Vanesa miró a su alrededor, pues varias personas ya las observaban con curiosidad, y soltó una risa ligera.
—Ni avisan antes, solo llegan en carro, ¿esta invitación es voluntaria o forzada?
—Eso depende de cómo quiera tomarlo usted, señorita Balderas —el mayordomo, con años de experiencia, no se dejó desviar tan fácilmente.
Vanesa miró a sus amigas, pensó que era mejor acabar con esto de una vez que estar siendo molestada cada dos días. Además, le daba curiosidad saber qué tanto tramaba ese viejo.
Así que se acercó y le entregó sus libros a Cintia.
—Voy a salir un rato, hoy no ceno con ustedes.
—No te preocupes, comemos juntas otro día, el restaurante ahí seguirá.
—Sí, y el café lo pedimos para llevar cuando regreses.
Vestía como siempre, con su traje tradicional, el bastón a un lado y dos empleados parados cerca.
Cuando la vio llegar, Mohamed ni se inmutó, seguía limpiando su cafetera.
No la invitó a sentarse ni le dirigió la palabra, pero Vanesa tampoco le dio importancia y simplemente se sentó frente a él. Si estuviera con su esposo, se habría quedado de pie; con Marcos, le habría lanzado alguna broma. Pero ¿Mohamed? Para ella, no era nadie.
—Vaya, señor Mohamed, sí que tiene un estilo peculiar para invitar gente.
—No daré vueltas. Dime cuánto quieres —Mohamed la miró un segundo y dejó la cafetera a un lado.
—¿Qué pasa? ¿Con todo lo que han acumulado los Encinas, no pueden ni conseguir una carta de presentación y tienen que venir a molestar a una simple estudiante como yo?
Vanesa jugaba con su taza, la mirada despreocupada.
Las palabras le pegaron justo en el ego, y aunque Mohamed lo disimuló, se notó el cambio en su expresión. Sin embargo, los años le daban experiencia y enseguida ocultó cualquier sombra en sus ojos.

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