Yolanda soltó una leve risa y aceptó el dinero.
—Hay de todo, billetes y cambio.
—Estos años que estuve con la familia Montemayor gasté bastante de su dinero. Cuando me fui, lo dije claro: si algún día puedo ayudarles en algo, no me voy a echar para atrás.
Yolanda bajó la mirada.
—Está bien, mejor así, que todo quede saldado. Se nota que creciste con los Montemayor. Si lo dices tan en serio, me lo quedo. ¿Y Regina, esa niña, cómo está?
Yolanda también había sufrido la preferencia por los hijos varones. Al mirar a Regina, era como ver a su yo más joven reflejado en un espejo.
—Está esperando la oportunidad de romper con los Romo.
Yolanda asintió, sin seguir preguntando. En realidad, se había enterado de la colaboración entre Regina y Vanesa por casualidad, al ver un boceto de diseño que Regina había dejado caer.
No dijo nada al respecto. Por un lado, no le importaba tanto; por otro, quería ver hasta dónde podían llegar esas dos.
—Dicen que conoces a Valentín.
—Voy a pedirle al señor que venga a verlo —Vanesa captó de inmediato la intención detrás de las palabras de Yolanda.
—Gracias —la atmósfera entre las dos era como de extrañas, cortés y distante. Nadie creería que habían sido madre e hija durante diecisiete años.
—¿Y Esteban y Elías?
—El Grupo Montemayor se fue a la quiebra, Matías quedó así y ya no hay posibilidad de que vuelva a levantarse. Voy a liquidar los bienes, llevarme a Matías y a Elías a la finca que tenemos en el extranjero. Esteban ya es mayor, él decidirá si se queda o se va. Elías no quiere venirse con nosotros, armó un escándalo diciendo que se quería quedar, y Esteban, harto de los berrinches, se lo llevó a comprar de comer.
Vanesa comprendió enseguida. Por eso Elías había llorado tanto por teléfono.
Vanesa le acarició el cabello y miró a Yolanda. Ella seguía sentada, sin moverse, mirando fijamente la pared blanca del frente, como si estuviera perdida en sus pensamientos.
—Compré un poco de sopa, ¿por qué no va y come algo para no estar en ayunas? —Esteban se acercó caminando con tranquilidad, entregando la bolsa de comida a Yolanda.
Yolanda se levantó, tomó la comida, y apenas echó un vistazo a Elías, que seguía acurrucado en Vanesa. No dijo ni una palabra y entró al cuarto del hospital.
El pasillo quedó vacío, solo los tres permanecieron ahí.
Vanesa sentó a Elías junto a ella. Él no soltaba su mano, como si temiera que desapareciera si la dejaba ir. Esteban se plantó delante de Vanesa, su figura alta tapando la luz, imponiendo una presencia casi intimidante.
Vanesa lo miró de frente. Esteban también la observó, sin mediar palabra.
Al final, Esteban lanzó un suspiro y se dejó caer en la última silla libre. Ahora, entre los dos, quedaba Elías, como un pequeño testigo atrapado entre sus mundos.

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