—Señor —dijo Claudio en cuanto terminó de hablar, tomando el control remoto y apretando un botón. Las cortinas se abrieron poco a poco, dejando entrar la luz y espantando la penumbra de la habitación.
—¿Qué pasó hoy?
Matías se frotó la cabeza; le palpitaba el dolor como si le martillaran por dentro.
Claudio mantuvo la mirada baja.
—Señorita Jacinta…
Matías frunció el ceño.
—¿Ahora qué hizo? El director Albornoz me llamó temprano, ¡dijo que le metí una adicta a su empresa… una cualquiera!
Matías se interrumpió, clavando la mirada en Claudio.
El otro asintió, sin necesidad de decir una palabra más.
Matías se puso de pie de golpe, pero el impulso lo hizo tambalear y terminó cayendo de nuevo a la cama. Claudio corrió a sostenerlo, dándole palmaditas en la espalda, temiendo que el coraje le diera un infarto.
—¿Está bien, señor?
—¿Dónde está mi celular? ¡Pásame el celular!
Claudio tomó el celular de la mesita de noche y se lo acercó. Matías lo encendió; la pantalla se llenó de mensajes y llamadas perdidas, una tras otra, como una tormenta imposible de contener.
—Señor… —murmuró Claudio, viendo que el semblante de Matías se volvía cada vez más sombrío.
—¿Dónde está? ¿Dónde está Jacinta?
—La señorita está en su cuarto.
—¿Señorita? ¡Al diablo con la señorita! Lo peor que hice en mi vida fue dejar que regresara a la familia Montemayor. ¡Todo está arruinado, todo!
Matías, fuera de sí, arrojó el celular contra la pared.
Empujó a Claudio y salió disparado rumbo al cuarto de Jacinta. Claudio retrocedió, casi perdiendo el equilibrio, y miró el celular hecho trizas en el suelo junto a las botellas de licor vacías. Dejó escapar un suspiro apenas audible.
Jacinta abrió los ojos de par en par, olvidándose de todo. Se acercó a Matías y lo sujetó de la ropa con desesperación.
—Papá, por favor, créeme. Todo lo que dicen es mentira, ¡soy tu hija, tu hija de sangre! Tienes que creerme…
Las lágrimas le brotaron sin control. Pero ese llanto, lejos de causar compasión, solo hacía que Matías la mirara con más repulsión.
—¡Mírate! —Matías no dudó ni un segundo en empujarla lejos de él, el asco marcado en su cara.
—No me importa lo desordenada que tengas tu vida privada, ¡¿pero andas metiéndote en drogas?! ¡Te mandé al extranjero para que aprendieras, no para que te perdieras! ¡¿Ah?! —Matías tenía la cara roja por el coraje, y el dedo con el que señalaba a Jacinta no dejaba de temblar.
—Señor, por favor, tranquilícese —intervino Claudio, tratando de calmar la situación.
—¡Tú! ¡Tú! —Matías no escuchaba a nadie. Se apretó el pecho, respirando trabajosamente, señalando a Jacinta pero sin poder pronunciar una frase completa.
—¡Fuera! ¡Fuera! ¡En la familia Montemayor no hay lugar para alguien como tú! ¡No necesitamos a una persona sin dignidad, inútil! ¡Fuera!
Matías apenas se sostenía, apoyado por Claudio, como si en cualquier momento fuera a desmayarse.

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