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La Princesa romance Capítulo 297

—David.

Al escuchar su nombre, David por fin levantó la cabeza.

—Vane, el desayuno.

Antes de cada entrenamiento, David siempre llegaba temprano con el desayuno y la esperaba abajo de la residencia.

—En la noche paso por ti para ir a cenar.

Por culpa de las prácticas militares, llevaban ya medio mes sin poder comer juntos; y cuando se veían, era apenas un rato fugaz.

—Va —respondió Vanesa, tomando el desayuno y despidiéndose con la mano.

Aunque Vanesa cursaba dos carreras, apenas iba a poder tomar materias de la segunda hasta el próximo año. Así que, por lo menos ese ciclo, les tocaba no coincidir en las mismas clases, salvo tal vez en alguna optativa.

—Ya era hora, vámonos.

—Qué suerte tener novio, ¿eh? —comentó Cintia, con una mezcla de envidia y picardía.

—La verdad, sí está chido —contestó Vanesa sin tapujos.

Entre risas y bromas, el grupo se fue alejando poco a poco. David, entonces, tomó un camino distinto.

Con la mochila al hombro, se dirigió al aula; apenas se sentó, alguien ocupó el asiento a su lado.

David ni se inmutó y empezó a sacar sus libros.

—Qué coincidencia, David.

Nicolás se acercó con una sonrisa, saludándolo.

David miró de reojo. Faltaba mucho para que iniciara la clase y el salón estaba casi vacío. Que Nicolás eligiera justo ese lugar, no era casualidad.

—No parece que sea tanta coincidencia —dijo David, directo. Nicolás, sin embargo, como si no entendiera, ni pestañeó.

—¿Por qué tanta desconfianza? Tú eres el presidente de Grupo Lobos y yo solo un heredero sin poder. Si quisieras, podrías aplastarme como si fuera una cucaracha, ¿no?

Una sombra cruzó los ojos de David; lo miró fijamente.

—No sé, siento que ese Nicolás trae algo raro —Vanesa también notó que su actitud era extraña.

En teoría, ni siquiera tenían relación con él. Nunca se habían topado antes, ni tenían por qué cruzarse. Podrían haberse ignorado toda la vida, pero él insistía en aparecer y hacerse notar. Era imposible no sospechar que tenía algún interés oculto.

—Pues a ver qué hace. Por ahora no se ha movido, así que que haga lo que quiera. Yo quiero ver hasta dónde llega su show.

Mientras decía esto, David puso el último camarón en el plato de Vanesa.

—¿Quieres más?

Vanesa negó con la cabeza, se comió el último camarón y se limpió la boca.

Justo cuando iban a pagar, el destino les tenía preparada una sorpresa: se cruzaron con alguien que hacía mucho no veían.

—¿Jacinta? ¿Y eso, ya regresó al país? —Vanesa bajaba del segundo piso cuando la vio y se quedó de piedra.

No solo le sorprendió verla de repente, sino que además el cambio en Jacinta era impactante. Se veía tan delgada que apenas se reconocía; aunque intentaba cubrirlo con maquillaje, su cuerpo no mentía.

Las venas de sus brazos resaltaban, la quijada se había afinado demasiado y las mejillas estaban hundidas. Ese rostro que alguna vez fue atractivo, ahora tenía un aire duro y amargado.

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