Sabrina frunció el ceño, pero Vanesa no se sorprendió en lo más mínimo.
—Puedes entrar con un acompañante, sea hombre o mujer, así que con la familia de Inés, no es raro que esté aquí —comentó Vanesa, restándole importancia.
—Pero, ¿de qué asunto hablas exactamente?
—Las dos fuimos elegidas por la profesora para participar en la exhibición de la escuela. Ya sabes que nuestra escuela tiene fama de ser una cuna de diseñadores de joyas, así que siempre hay gente importante del medio que viene a ver las exposiciones. La profesora tenía grandes expectativas en nosotras, pero al final, una diseñadora muy famosa del gremio denunció que el trabajo de Inés era una copia de una de sus piezas antiguas.
—Hmmm… —Vanesa arqueó una ceja, intrigada.
—Como te imaginas, el resultado fue desastroso para ella. No solo tuvo que abandonar la exposición, sino que la diseñadora la demandó. Desde ese momento, la profesora ya no la veía con los mismos ojos. Y para acabarla, los demás empezaron a burlarse de ella. No pudo aguantar la presión y terminó saliéndose de la escuela.
—¿Y eso qué tiene que ver contigo?
La verdad, sí tenía algo que ver. Sabrina había sido quien le dio el pitazo a la diseñadora. Pero tampoco había hecho gran cosa, solo soltó un pequeño comentario. Si Inés hubiera sido honesta y no hubiera tratado de aprovecharse ni mucho menos copiar el trabajo de la otra diseñadora solo para dejar a Sabrina en mal lugar, nada de esto hubiera pasado.
Por supuesto, Sabrina no tenía intención de contarle esto a Vanesa.
—Fue justo después de eso que empecé a hacerme conocida. Supongo que Inés me echa la culpa de lo que le pasó, aunque la verdad, yo ni participé. Solo que fui la que más ganó con todo ese escándalo.
Sabrina se encogió de hombros, poniendo cara de inocencia.
Vanesa no dudó de ella; al contrario, asintió y comprendió de inmediato por qué Inés le tenía tanta tirria a Sabrina: pura envidia.
—Ya, mejor no hablemos de ella —dijo Sabrina, dejando claro que el tema no la inquietaba en lo más mínimo.
Entonces, Sabrina sonrió y se pegó a Vanesa, buscando su aprobación.
—Vámonos —dijo Santiago al verla, despeinándole el cabello como si fuera una niña.
—¿Y Blanca?
—Dijo que tenía que regresar a la oficina para checar las listas, así que le pedí que se llevara el carro.
Por cierto, la casa de la familia Balderas no quedaba lejos de ahí.
Al principio ni lo notaron, pero apenas se mudaron, empezaron a notar todas las ventajas. El lugar estaba cerca de zonas comerciales animadas y muchos eventos importantes se organizaban por los alrededores. El tráfico era más sencillo y la seguridad, mejor.
Ambos caminaron juntos, en silencio por momentos, pero nunca incómodos.
—¿Dijo algo esa mujer? —preguntó Santiago, sin creerse que Vanesa hubiera derramado el jugo de naranja en el vestido de la otra “por accidente”.

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