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La Princesa romance Capítulo 265

Vanesa se detuvo y se apoyó en una columna.

—Exacto, ¿cómo se va a comparar contigo? Esta gente de verdad no sabe lo que hace, solo porque la muchacha está guapa ya se creen que es la gran cosa.

Inés Gavilán escuchó ese comentario y le echó una mirada de disgusto a su compañera.

La otra, dándose cuenta de que había metido la pata con su intento de adulación, apretó los labios y ya no se atrevió a decir nada más.

—¿Y todavía se atreve a hacer una conferencia de prensa? Qué descaro. Inés, hasta esos bocetos que desechaste están mil veces mejores que su diseño estrella —intervino otra amiga, tratando de suavizar la tensión.

Como era de esperarse, Inés sonrió de lado, mostrando un aire de satisfacción.

—Yo sí que me esfuerzo en cada detalle. No como ciertas personas, que con hacer un par de garabatos ya creen que pueden organizar eventos y presumirlos. Qué vergüenza.

—Eso, y todo porque sabe moverse bien en redes. Le echan dos flores y ya se siente la reina. Mira, ni termina el evento y ya tiene anuncios por todos lados, hasta los famosos la andan mencionando.

—Ay, es que nuestra Inés es demasiado noble. Si no, desde hace rato sería la más famosa de todas.

Una tras otra, las amigas se turnaban para menospreciar a la otra diseñadora, mientras Inés se sentía cada vez más en las nubes.

—Yo solo apuesto por lo exclusivo. No como ella, que se va por lo fácil —suspiró Inés, rebosando desprecio.

—Así es...

—¡Ah!

En ese instante, Inés soltó un grito. Varias personas miraron de reojo, pero enseguida volvieron a lo suyo; cerrar negocios y hacer contactos era mucho más importante que cualquier drama.

—¡¿Qué te pasa?! —reclamó Inés, furiosa, mirando su vestido manchado con jugo de naranja. Se quedó mirando a Vanesa, llena de enojo.

Las amigas de Inés también se quedaron en shock, sin saber qué hacer.

La abrazó con un brazo, protegiéndola, y con la otra mano le sostuvo la muñeca a Inés, impidiéndole hacerle daño.

—Señorita, ¿qué planea hacerle a mi hermana? —preguntó Santiago, con una expresión completamente impasible.

—¿Tu hermana? Ya decía yo, solo es una estrella de segunda —Inés se zafó del agarre de Santiago y se sacudió la mano, en la que quedaron marcados los dedos del hombre.

—¿Ya viste? ¡Tres millones! ¡Eso costó el vestido que tu hermana arruinó!

Santiago miró a Vanesa, quien asintió en silencio.

—Ya entendí. Dame tus datos y te hago la transferencia —respondió Santiago, sin que se le moviera un solo músculo de la cara.

—Nada más que la próxima vez fíjate por dónde caminas. No vaya a ser que termines acusando a una niña inocente —añadió, seco.

Al escuchar esto, Vanesa no pudo evitar soltar una carcajada. Bajó la cabeza de inmediato, intentando ocultar su sonrisa. Santiago no dijo nada, solo le revolvió el cabello con cariño, sin ningún reproche en su mirada.

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