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La Princesa romance Capítulo 220

—Voy al baño —dijo Estrella, dejando su café a un lado.

Vanesa asintió. En cuanto Estrella se alejó, Vanesa dirigió la mirada hacia la zona de los inversionistas.

Carlos le susurraba algo a David. Un instante después, David se levantó de golpe, moviéndose con tanta brusquedad que sorprendió a quienes estaban cerca.

Vanesa sabía que David jamás haría una escena en público, a menos que algo grave estuviera pasando. Sintió de inmediato que algo andaba mal. Sin perder el tiempo, fijó la vista en David y, en cuanto lo vio salir del lugar, lo siguió sin dudar.

Cuando Estrella volvió, encontró el rincón vacío. Solo quedaban dos tazas de café a medio terminar.

Miró en dirección a los inversionistas y notó que David también se había ido.

Tomó su café, dio un sorbo y, sonriendo, negó con la cabeza. Pensó que seguramente los dos habían ido a platicar a solas.

...

Pero en el caso de Vanesa, la situación estaba lejos de ser tranquila. David rara vez perdía la compostura, salvo que se tratara de un problema con Alba Ríos.

Intentando calmar su creciente inquietud, Vanesa llegó justo a tiempo para encontrarse en la puerta con David y Carlos, quienes salían apresurados.

—¡Vane! —exclamó David, y en su voz temblorosa se notaba la tensión.

Se conocían desde niños; Vanesa podía ver en los ojos de David que estaba luchando por no desmoronarse.

—David, tranquilo. Vamos a ir ahora mismo —le aseguró, firme.

No necesitaba preguntar qué había pasado.

Sin titubear, le cubrió los oídos con las manos, acercando su frente a la de él, mirándolo con determinación.

—Respira... —ordenó—. Inhala... exhala...

David siguió sus indicaciones. Tras repetirlo tres veces, David logró recuperar algo de calma.

En otras palabras, si Alba ya no tenía ganas de seguir luchando, por más veces que Valentín intentara ayudarla, ya no servía de nada.

Vanesa no preguntó más. Sabía que los Lobos se amaban profundamente, pero jamás pensó que ni siquiera David pudiera devolverle a Alba la voluntad de vivir.

Por un lado, el ruego de su hijo; por el otro, el dolor de haber perdido al amor de su vida. Dos años enteros sin poder moverse ni hablar, consciente de todo, atrapada en su propio cuerpo... debió haber sido insoportable.

El aire dentro del carro se volvió tan pesado que casi no se podía respirar. Carlos aceleró lo más que pudo y, por suerte, a esa hora no había tráfico, así que llegaron unos diez minutos antes de lo habitual.

Antes de que Carlos terminara de estacionar el carro, David y Vanesa ya habían bajado y corrían directo al segundo piso.

...

En la habitación, Valentín, empapado en sudor, aplicaba las agujas a Alba. Los monitores no dejaban de sonar —bip, bip, bip—, llenando el ambiente de tensión. El mayordomo, de pie a un lado, le secaba el sudor a Valentín y, en su interior, rezaba por un milagro.

David y Vanesa se quedaron de pie en la puerta, sin atreverse a interrumpir. Los nervios los tenían tan tensos que ni siquiera se dieron cuenta de que seguían tomados de la mano.

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