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La Princesa romance Capítulo 213

—Perdón, no puedo decirle nada —la señorita de recepción presionó el timbre y, en menos de un minuto, un hombre alto y fornido salió del fondo.

La presencia de ese tipo era tan abrumadora que Jacinta sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Dio dos pasos hacia atrás, casi sin pensarlo, y salió del lugar.

El hombre, al notar su reacción, cerró la puerta de golpe, cortando cualquier posibilidad de que Jacinta viera lo que ocurría dentro.

Jacinta, llena de impotencia y rabia, le pegó una patada a la puerta para desahogarse. Pero después de haber caminado por más de una hora, sus piernas estaban tan cansadas que el golpe le dolió más a ella que a la puerta.

Se quedó parada ahí, soltando un grito que retumbó en la calle y atrajo la mirada de varios curiosos.

—¿Qué ven? ¿Acaso nunca han visto a una persona molesta?

Con ese grito, la gente se hizo la desentendida y siguió con lo suyo. Jacinta echó un vistazo a su alrededor, y al final decidió meterse a una cafetería cercana. Se sentó en una esquina, dispuesta a esperar a que Vanesa saliera.

...

—¿Quién era hace rato? —preguntó David, bajando por las escaleras.

—Creo que se equivocó de sitio. Vio entrar a la señorita Montemayor y se metió detrás de ella.

David no añadió nada. Dio media vuelta y subió de nuevo. Vanesa, mientras tanto, ni se había inmutado por el incidente. Seguía entrenando con el coach, lanzando y esquivando golpes como si nada. La caminata de más de una hora no había conseguido cansarla. Lo que sí la tenía sudando a mares era esa sesión de sparring, y en menos de media hora ya tenía la camiseta empapada.

Ese gimnasio lo había abierto un amigo de Bernardo. En la familia Montemayor, la mayoría pensaba que las chicas no necesitaban aprender defensa personal, pero Alba tenía otra visión: creía que era justo al revés, que las mujeres debían saber cuidarse. Le preguntó a Vanesa si quería entrenar, y desde entonces, al menos tres veces por semana, Vanesa iba a ese lugar a practicar.

Como era un espacio privado, los entrenadores eran pocos y todo se debía agendar con anticipación. Por lo general, no aceptaban niñas, pero Vanesa y su compañera se portaban bien, tenían talento y, además, Bernardo había ayudado al dueño en el pasado, así que hicieron una excepción.

Pasaron casi dos horas más antes de que Vanesa saliera sola. Ahora llevaba ropa diferente y en los brazos se le notaban algunos moretones. No mostraba ninguna emoción en la cara y caminó directo hacia su siguiente destino.

Jacinta, al verla, se levantó de inmediato y la siguió.

Esta vez, Vanesa entró a una tienda de instrumentos musicales. Por fin, Jacinta pudo pasar sin que la dejaran afuera. Vio cómo Vanesa salía cargando un estuche —al parecer, de violín—, y solo entonces se animó a entrar.

La puerta cerrada apagó sus voces. Jacinta solo tenía la mirada puesta en seguir a Vanesa, y ni se dio cuenta de que la tarde se estaba volviendo noche.

Por suerte, Vanesa ya no fue a ningún otro lugar y regresó por el mismo camino de antes. Jacinta casi se echó a llorar: la idea de volver a subir el cerro la tenía al borde del colapso, pero aun así apretó los dientes y siguió tras ella.

Bajar la montaña era sencillo; subirla, un martirio. En la octava vez que Jacinta pensó en darse por vencida, Vanesa se detuvo de golpe.

Jacinta se quedó quieta también. No tenía por dónde esconderse, así que fingió que se le había desatado el tenis y se agachó, atándoselo sin prisa.

—¿Qué cargas ahí? —preguntó una voz masculina.

—¿Acaso no ves? —Vanesa le aventó la respuesta.

Jacinta levantó la mirada. Había estudiado bien los archivos: ese era Esteban, el hermano de Vanesa. El intercambio entre ellos era directo, sin rodeos, muy distinto al ambiente formal de la familia Balderas.

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