Los brazos de Jacinta colgaban inertes a los costados, y su mirada se iba apagando poco a poco.
Carlos apareció sin que nadie se diera cuenta, poniéndose tras David y entregándole una toallita desinfectante.
David se levantó, limpiándose las manos con toda la calma del mundo, muy distinto al chico inocente que parecía cuando estaba frente a Vanesa.
—Dile a la familia Montemayor que, si quieren que la colaboración continúe, no quiero volver a ver a esta persona aquí.
—Sí, entendido —respondió Carlos, asintiendo mientras miraba cómo David se alejaba.
—¿Qué quieres decir con eso? ¡No te vayas! ¡Tú no eres más que el perrito faldero de Vanesa! ¿De veras crees que tus palabras me asustan? ¿Piensas que la familia Montemayor te va a hacer caso solo porque tú lo dices?
Jacinta gritó, aunque la voz le salía apenas, rasposa y rota. Trató de ir tras David, pero el cuerpo no le respondía.
La impotencia la invadió de pies a cabeza; lo único que le quedaba era mirar a Carlos con rabia, sin imaginar lo desastrosa que se veía en ese momento.
Carlos sacó su celular y marcó.
—Claudio, está en el gimnasio. El jefe dice que, si quieren seguir con la colaboración, alguien tiene que irse de aquí —transmitió con firmeza.
Del otro lado, hubo un silencio tenso.
—Lo haré saber —contestó la voz.
Carlos guardó el celular, bajó la vista hacia Jacinta y sus ojos no mostraron nada de compasión.
—Si yo fuera tú, no me metería con Vanesa. Ese lugar de joven ama de la familia Montemayor que tanto te costó recuperar… ahora ya no parece tan seguro, ¿verdad?
El tercero era más travieso, pero siempre le gustaron los instrumentos musicales, así que le inscribieron en clases especiales. A veces se quejaba de las clases regulares, pero podía pasarse toda la semana en talleres de música sin cansarse.
En cuanto a Jacinta Balderas, Irma quiso inscribirla en distintos cursos de arte y talento, pero a la niña siempre le aburrían a los dos o tres días y no volvía. Como era la única hija, Irma dejó de insistir; si la niña quería ser una señorita sin preocupaciones, tampoco tenía nada de malo.
Así que, cuando llegaban las vacaciones y todos estaban ocupados, solo quedaban Jacinta y Camila, que apenas empezaba a balbucear palabras.
El llanto de Camila inundó la casa, pero Jacinta ni se inmutó; siguió comiendo sandía tan tranquila como si nada. Pasaron cinco minutos y los sollozos no daban tregua.
Jacinta hizo una mueca de fastidio, agarró el control remoto y subió el volumen al máximo. Pero ni así consiguió tapar el llanto.
—¡Maldita mocosa! ¡Ojalá te canses de llorar!
Dejó la sandía a un lado, el ceño fruncido, y fue directo al cuarto de la pequeña.

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