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La Princesa romance Capítulo 190

—¿No iban a hablar conmigo sobre lo de Jacinta, que dicen que la lastimé del brazo?

—Ay, niña, ¡justo de eso queremos platicar! —Irma la miraba con esa cara de “¿cómo puede ser que siempre eres tan lista y justo ahora te me atontas?”.

—¿Y si va a hacerse una revisión médica y te quiere demandar? Tenemos que pensar en cómo defenderte, ¿no? El próximo año tienes el examen de ingreso a la universidad, y no puedes meterte en problemas justo ahora. Sí, te dejaste llevar, pero hiciste bien. No te preocupes, hija, yo haría lo que sea por ti, aunque tenga que vender todo.

Vanesa no sabía si reír o llorar, pero igual le quitó el celular a Federico en cuanto pudo.

—Tranquilos, ya la fui a traer, no tiene cómo acusarme.

—¿Seguro? —los dos dudaban.

—Seguro, en serio. No se preocupen. —Aprovechó que la llamada no entró, colgó y le devolvió el celular a Federico.

—Qué bueno, qué bueno —Irma respiró aliviada, y Federico le dio unas palmadas de apoyo a Vanesa, como diciendo que había hecho lo correcto.

—Jazmín, la verdad es que yo la crié diecisiete años. Que haya salido así... —suspiró Irma, con cara de remordimiento—. Perdón, de verdad, perdón. ¿Cómo está tu mano?

Irma no podía evitar sentirse culpable. Por más que hubiera perdido la fe en Jacinta, la crio desde bebé. Esa forma de ser no era solo culpa de la muchacha.

—No pasa nada, señora, yo ya estoy curtida, en unos días estaré bien. Estos huesos viejos ya no rinden, pero si fuera más joven, ni lo hubiera sentido.

—Ay, no me diga señora, que me hace sentir vieja. Dígame Irma. Vane siempre me platica maravillas de usted, que es muy trabajadora, puro elogio, ya quiero que se recupere para que venga a la casa, así sí voy a poder descansar un poco.

—¿Tiene tiempo? Si no anda ocupada, le invito a probar algo que cociné.

Mientras platicaban, subieron juntas al segundo piso, dejando a Vanesa medio en shock, Federico sonriendo y despidiendo a ambas, y a los tres niños acurrucados en la esquina, metiéndose los postres a la boca lo más rápido que podían.

—¿No iban a reclamarme por lo de Jacinta? —Vanesa ya estaba mentalizada para el regaño, pero la tomaron desprevenida.

—Tu hermana es muy guapa, hasta más que la vecina, Flora Martínez.

Camila asintió. No tenía idea de quién era Flora, pero sí sabía que Vanesa le parecía la más guapa.

Los dos se hicieron amigos de volada, mientras Elías, desde un rincón, mascullaba para sí que había perdido el lugar. Si hubiera sabido, ni lo dejaba venir a la escuela.

—Ya tienen nuevo amigo y se olvidan del viejo, qué ingratos. ¿A poco se les olvida quién los defendió esta mañana, eh? —bufó, agarrando el último pedazo de galleta de su plato y devorándolo como si estuviera sacando todo el coraje.

Camila, pensando que Elías solo tenía hambre, le pasó el suyo en silencio.

Elías lo miró de reojo. Camila no dijo nada, pero le sonrió apenas, y Elías ya no pudo seguir molesto.

—Mejor cómetela tú, yo ya estoy lleno —dijo, resignado—. Así de blandito eres, por eso siempre te molestan.

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