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La Princesa romance Capítulo 181

—Esta noche no viste nada, mejor duerme y mañana ve a la escuela con ganas —Vanesa le revolvió el cabello con cariño.

—¿No que ibas a regresar? —La decepción de Elías era tan obvia que daba risa.

Vanesa le pellizcó la mejilla.

—A dormir, ya es tarde.

Elías frunció la boca, resignado.

—Entonces, ¿cuándo empieza a ir Camila a la escuela?

—Mañana.

—Bueno, eso está mejor —Elías tenía el humor voluble de los niños, se enojaba rápido pero también se le pasaba al instante.

—Ándale, a la cama.

Apenas terminó de hablar Vanesa, el griterío desaforado de Jacinta sacudió toda la casa. Vanesa le lanzó una mirada a Claudio. Él la entendió de inmediato y fue directo al cuarto de Jacinta.

—¿Qué le hiciste? —preguntó Elías, con los ojos brillando de curiosidad.

—A los niños no les conviene saber tanto —Vanesa le dio un golpecito en la frente.

No le dolió, solo le quedó una marquita roja leve. Elías se sobó la frente, molesto.

—Tú sí puedes hacer bromas.

Sus murmullos no se le escaparon a Vanesa, que apenas se aguantaba la risa y enseguida volvió a poner cara seria.

—Si no te duermes, mando a Camila a otra escuela.

—¡Ya, ya, ya entendí! —Elías se fue mirando hacia atrás a cada paso, hasta que bajo la mirada vigilante de Vanesa, cerró la puerta de su cuarto.

Cuando confirmó que Elías no saldría de nuevo, Vanesa se fue. El resto, Claudio se encargaría.

...

—¿Listo todo?

Vanesa no respondió. En vez de eso, lanzó la serpiente de juguete que tenía en la mano. Estrella pegó un brinco del susto y la aventó lejos.

En el cuarto de Jacinta, la llegada de Claudio por fin logró que ella se callara.

—¡Rápido! ¡Llama a la policía! ¡Que arresten a Vanesa! ¡Me pegó! —Jacinta estaba desencajada, con el cabello hecho un desastre, parecía una loca. Lo miraba con odio y le señalaba con el dedo.

—Señorita, ¿y en dónde está lastimada? —Claudio no perdió la compostura y preguntó sin inmutarse.

—La mano... la mano... —El miedo llenó los ojos de Jacinta al mirar su mano, la misma que Vanesa le había torcido antes. Pero ahora, para su asombro, estaba bien, sin un solo dolor.

Recordó lo que Vanesa le había hecho y el miedo le recorrió la espalda.

—¡Dame el teléfono! ¡Voy a llamar a mi papá! ¡Su hija preferida de diecisiete años quiere lastimar a su hija de sangre! ¡Vino en la madrugada... sí, eso! ¡Entró a la casa sin permiso! ¡La voy a denunciar! ¡Quiero denunciarla!

—Señorita, no hay pruebas.

—¿Cómo que no hay pruebas? ¿Para qué sirven las cámaras de la casa? ¿Ustedes solo están de adorno o qué? ¡Vanesa lleva un buen rato aquí y ustedes ni ven ni oyen! Si no sirven para nada, ¿para qué los tengo? ¡Inútiles!

De repente, Jacinta se tranquilizó. Su mirada se volvió helada.

—¡Fuiste tú! ¡Tú la dejaste entrar a propósito! Claudio, eres empleado de la familia Montemayor, no de Vanesa. Si tanto te gusta ella, ¿por qué no te vas de la casa con ella de una vez? Te lo advierto por última vez: dame el número de mi papá, y si no, cuando regrese, te las vas a ver conmigo.

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