—¡Maldito animal! ¡Debí haber comprado veneno y matarlo de una vez! ¡Y esa sirvienta... cuando mis papás regresen, voy a hacer que la corran!
[¿Y al final qué pasó?]
La voz de Lucrecia Villegas sonó a través del celular, mientras ella giraba distraída su pluma sentada frente a su escritorio.
—Todo fue culpa de ese Claudio metiche. Salvó tanto al perro como a la sirvienta.
—¿Y desde cuándo un simple mayordomo tiene tanto poder?— soltó Lucrecia, sorprendida.
—Mi papá dice que él se encarga de todo en la casa. Ni siquiera me deja hablarle a mi papá. Pero en cuanto regresen, me encargo de que despidan a todos esos inútiles. ¡A todos!— Jacinta apretó los dientes, llena de rabia.
—Sí, la neta, si los empleados no hacen caso, ¿para qué tenerlos?— respondió Lucrecia, aunque su cara estaba pintada de burla.
Una supuesta hija de familia, sin siquiera el teléfono privado de sus papás, ni poder decidir sobre una sirvienta o un perro... ¿y todavía se atrevía a hablar así?
—Y ese mocoso, no hace más que hablar de Vanesa, Vanesa... Es un malagradecido, además de tonto... ¡Ahhh!
De repente, la puerta se abrió de un golpe. Jacinta, que estaba recostada en la cama despotricando con Lucrecia, pegó un brinco de puro susto.
Gritó fuerte, pero su pierna vendada le impidió moverse. Solo pudo mirar con terror a las dos figuras que avanzaban hacia ella.
En el otro extremo, Lucrecia casi soltó el celular por el grito. Frunció el ceño, alejó el aparato y activó el altavoz, subiendo el volumen al máximo. Se quedó escuchando, sin decir nada.
—¡Vanesa! ¡Estrella! ¿A qué vienen? ¡Esta es la casa de los Montemayor! ¡No es lugar para que hagan lo que quieran!— Jacinta tragó saliva mientras veía cómo se acercaban.
—¿Dónde está el mayordomo? ¿Y los demás? ¿Dónde diablos se metieron?— gritó Jacinta, pero nadie apareció. La mansión estaba tan silenciosa que parecía que solo quedaban ellas tres en el mundo.
—¿Ahora qué le pasa a esa loca?
—No se preocupe, joven, nos encargaremos de eso en un momento.— Elías ni se imaginaba lo que Jacinta había hecho ese día.
Él no sentía ni el mínimo interés por Jacinta. Si Claudio lo decía, él simplemente hacía caso y volvió a cerrar la puerta.
...
Dentro del cuarto, el rostro de Jacinta se había deformado del dolor; la frente perlada de sudor, los labios temblorosos y sin color. Miró su brazo colgando, sin fuerza, con pánico en los ojos.
Estrella, sin que nadie se diera cuenta, ya estaba en la entrada. Tenía una mano en la manija rota de la puerta y la otra sobándose la oreja, como si el escándalo le molestara.
—¿No tienes miedo de que le diga a mis papás? ¡Con solo una palabra mía, hago que toda la familia Balderas termine en la calle! ¡Tú... tú...!

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