No es que nunca hubiera ido al jardín de niños, pero nunca le gustó platicar, así que no lograba hacer amigos. Solo podía mirar cómo los demás jugaban. Con el tiempo, empezó a temerle al contacto con los otros, su carácter se volvió cada vez más solitario y, poco a poco, terminó quedando aislado.
Por eso, lo único que podía hacer era dibujar, dibujar una y otra vez… Mientras siguiera dibujando, no tenía que hablar con nadie, ni pensar que estaba solo…
—¿Cami? —Isaac lo llamó con voz suave al notar que Camila se había quedado distraída.
Camila parpadeó, mirándolo. Por un instante, en sus ojos se encendió una chispa de esperanza, pero enseguida esa luz se apagó. Sacudió la cabeza y volvió a tomar el pincel.
A Isaac le dolió verlo así, pero tampoco quiso forzarlo a nada. Sin decir más, salió en silencio del cuarto y dejó el taller para Camila, dándole su espacio.
A través de la ventana, Camila seguía dibujando en completo silencio, el entrecejo arrugado de concentración. Mientras tanto, Elías reía a carcajadas afuera, con esa sonrisa boba que desarmaba a cualquiera.
—¿Por qué saliste? —preguntó Vanesa, algo sorprendida al ver aparecer a Isaac—. ¿Cómo va todo?
—Mucho mejor que la última vez. Se nota que últimamente anda de buen humor. Antes ni pensaba en usar colores como el amarillo o el naranja, esos tonos vivos que ahora sí se animó a meter en sus dibujos. Ya no se ven tan oscuros o pesados como antes —comentó Isaac mientras dejaba una taza de café recién hecho frente a ella—. ¿Pasó algo especial estos días?
Vanesa frunció el ceño, tratando de recordar si algo habría hecho que Camila cambiara durante la semana.
—¡Trueno, eres un menso, dame la pelota, regresa aquí!
Desde el jardín, la voz de Elías llegó, llena de frustración y energía.
En ese momento, Vanesa cayó en cuenta: no solo Camila había cambiado, Elías también ya no llevaba encima esa nube gris con la que llegó al país. Hasta su actitud de “todos contra mí, voy a explotar el mundo” se desvaneció bastante.
Las historias de los dos eran diferentes, pero la infancia de ambos había estado lejos de ser feliz. Lo curioso era que, siendo tan distintos, se complementaban de manera perfecta.
—Supongo que tener a alguien de su edad, con quien convivir, les hace más fácil todo. Nosotros, los adultos, nunca podremos darles eso —murmuró Vanesa.
—¿Te gustaría que Camila fuera contigo a la escuela?
Por alguna razón, Elías sintió que había gato encerrado.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó, oliéndose la trampa. Al fin y al cabo, aunque se hiciera el despistado, era hijo de la familia Montemayor y cuando hacía falta, le funcionaba bien la cabeza.
—¿No que tú querías llevártelo a tu escuela? Dijiste que lo ibas a cuidar, ¿o no?
Elías se atoró. Eso sí lo había dicho, y no solo una vez, en la mesa de la familia Balderas.
—¿Qué pasa? ¿Ahora el segundo de los Montemayor se echa para atrás? ¿Y todavía tienes cara para venir a la casa de los Balderas a pedir comida? —Vanesa arqueó una ceja, divertida, dejando ver una chispa de picardía en los ojos.
Después de todo, diez años de ventaja en la vida no se ganan de a gratis.

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