—Recuerdo que él apenas tenía siete años, ¿no? De verdad, esa mujer está loca, ¿no crees? ¿No será que tiene algún problema en la cabeza? ¿Cómo puede hacerle algo así a un niño? Y aunque sea la peor persona del mundo, en ese entonces él era su hermano, ¿no? Según yo, la familia Balderas ni siquiera le hizo nada grave.
—La envidia puede ser muy peligrosa —Vanesa se mostró mucho más tranquila—. Por eso sospecho que ella ya sabía que en realidad era hija de la familia Montemayor desde hace tiempo.
—Pero si ninguna de las dos familias lo sabía, ¿ella cómo podía saberlo? —Estrella frunció el ceño, intrigada. Aun así, nunca dudaba de los juicios de Vanesa.
—Justo eso es lo que me tiene pensando.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —Estrella bajó la voz, mirándola con atención.
—Voy a jugar un rato con ella.
Los ojos de Estrella brillaron de emoción, y su sonrisa se volvió un tanto traviesa.
—Pero…
—¿Pero qué?
—Primero hay que averiguar qué fue exactamente lo que le hizo a Camila —Vanesa arrugó la frente, pensativa.
—¿Vas a hablar con los Balderas sobre esto?
—Si no tengo pruebas, de nada sirve.
—¿Temes que no te crean? —Estrella entendió enseguida lo que Vanesa quería decir.
—Después de diecisiete años criando a una hija y tener a la verdadera apenas de regreso desde hace un mes, dime tú, ¿a quién crees que le van a creer? —Vanesa sonrió, pero sus ojos no acompañaban esa expresión.
—¿Y si sí te creen? —preguntó Estrella, aunque ni ella misma estaba segura. Se frotó la nariz, incómoda.
Vanesa le dio una palmada cariñosa en la cabeza.
—Prefiero mostrar pruebas, así no queda duda.
La gente siempre guarda secretos, y si se puede aclarar algo con pruebas, mejor ahorrarse las palabras.
Estrella apretó los labios. A veces, estar tan metida en la situación hace que uno no vea las cosas con claridad. Quizá ni ella misma había notado que, sin querer, ya sentía cierto lazo con la familia Balderas. Tal vez por eso prefería buscar pruebas antes de decir algo: no quería ver en sus caras ninguna sospecha o desconfianza.
—¿Hay algo en lo que pueda ayudarte? —preguntó Estrella con determinación; al menos ella confiaba completamente en Vanesa.
Estrella negó con la cabeza mientras dejaba el casco en su lugar.
—Mejor la próxima vez. No puedo llegar con las manos vacías, la primera vez que visito una casa hay que llevar un regalo, es lo correcto.
Si fuera una amiga cualquiera, quizá no importaría. Pero la situación de Vanesa era especial; entre más educadas se mostraran, más demostrarían lo mucho que valoraban a Vanesa. Así, la familia Balderas sabría cómo tratarla.
Estrella sabía que Vanesa nunca dejaría que la hicieran menos, pero como amiga, quería ser parte de esa fuerza que la respaldaba.
Vanesa entendió a la perfección el gesto de Estrella. Chocaron los puños en señal de complicidad, el saludo que solo ellas compartían.
—Nos vemos —dijo Estrella, despidiéndose con una mano mientras se alejaba con paso seguro, siempre bajo la mirada de Vanesa.
...
Al subir, la casa estaba extrañamente silenciosa.
—Ya llegué —avisó Vanesa mientras se quitaba los zapatos.
—Justo a tiempo, lávate las manos que ya vamos a comer —Federico salió de la cocina cargando un plato—. ¿Pudiste resolver lo que tenías pendiente?

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