—¿Elías? —Vanesa se quedó perpleja por un momento.
—Sí, parece que el segundo de los Montemayor de verdad no soporta a su hermana mayor —comentó Estrella, algo pensativa.
—Aunque Elías la deteste, nunca la empujaría por las escaleras —los ojos de Vanesa se movieron inquietos, tamborileando los dedos sobre la mesa mientras procesaba la situación.
—¿O sea que crees que hay algo más detrás de todo esto? —Estrella no dudó ni un segundo de la intuición de Vanesa.
—Voy a hacer una llamada —dijo Vanesa, levantándose de golpe y saliendo del salón antes de que Estrella pudiera decir algo más.
Estrella arqueó una ceja.
—Se hace la indiferente, pero bien que le preocupa.
—¿Y ahora qué le pasa a Vane, que viene y se va tan rápido? —preguntó alguien más.
—Déjala, no te metas donde no te llaman —Yago se acercó de metiche, pero Estrella le empujó la cabeza con el dedo y lo regresó a su lugar.
...
En el pasillo de la escalera, Vanesa apenas iba a marcar cuando su celular sonó primero: era Irma.
—¿Mamá, qué pasa?
—Vane, Elías llegó de repente a la casa. Lo veo raro, le pregunto cosas y no responde. ¿No quieres venir a ver qué le pasa?
—¿Elías está en la casa?
—Sí, acaba de llegar. Ahora mismo está sentado en la sala. Le corté fruta y ni la toca, solo abraza al perro y se queda mirando al vacío. Hasta da miedo.
—Ya entendí, mamá. No le quites el ojo de encima, ahorita voy para allá.
—Está bien, pero no te preocupes tanto, aquí lo cuido. Tú tranquila.
—Ok —Vanesa colgó y regresó al salón.
—Me voy —dijo mientras se colgaba la mochila.
—¿A dónde vas? —preguntó Estrella, extrañada.
—Elías está en mi casa, voy a ver qué onda.
Ahí estaban: un muchacho y un perro ocupando todo el sillón. El primero parecía tener el alma fuera del cuerpo; el segundo, con la lengua de fuera y la cola moviéndose, acompañaba a su dueño sin moverse de su lado. Y para sorpresa de Vanesa, Camila estaba sentada a un costado, observando en silencio a los dos.
La escena tenía algo inquietante.
Vanesa pensaba cómo romper el hielo, pero el celular volvió a sonar. Era Claudio. Sin ocultarse, Vanesa contestó ahí mismo.
—Está aquí conmigo.
—No te preocupes, mañana lo mandamos de regreso. Hoy que se quede —respondió la voz al otro lado.
—Los papás no dirán nada, tranquilo.
Colgó y soltó un suspiro. Dejó la mochila tirada sin saber ni para qué la trajo a casa a mitad del día.
Se sentó junto a Elías, acomodándose para que quedaran a la misma altura y no sentirse tan intimidante.
—¿Qué pasó? —preguntó, su voz suave, buscando no incomodarlo.
—Yo no la empujé —dijo Elías de pronto, sin rodeos, con una mezcla de enojo y tristeza.

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