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La Princesa romance Capítulo 134

—Si no hay objeciones, el departamento de relaciones públicas puede ir preparando el comunicado —dijo Vanesa, entrelazando los dedos, apoyando las manos bajo la barbilla, con ese aire despreocupado que igual imponía respeto.

El gerente de relaciones públicas salió enseguida. Vanesa dirigió la mirada hacia Iker. Para él, todo esto ya era pan de cada día; estaba acostumbrado a que lo metieran en broncas sin sentido, y eso siempre le dejaba un sabor amargo.

—¿No que andabas construyendo la imagen de “lengua filosa”?

—Ya decir que ando armando una imagen es pasarse —contestó Iker, pero sin pizca de molestia.

—Blanca, ayúdale a Iker a prender la transmisión en vivo.

—¿Ahorita? ¿Y de qué se supone que voy a hablar? —Iker se quedó pasmado ante la orden tan repentina.

—De lo que quieras. Lo que se te antoje.

—¿Así directo, a lo que salga? —Iker arqueó una ceja, y en sus ojos se asomó una chispa de emoción.

—¡Exacto, directo! —Vanesa respondió sin dudar.

Iker silbó bajito y se puso de pie con parsimonia.

—Vámonos, mi gran manager de cabecera.

—Blanca —corrigió la aludida.

Cuando Blanca ya estaba por salir, Vanesa la llamó.

—Señorita Balderas —en asuntos laborales, Blanca nunca usaba el apodo de Vanesa. Sabía separar lo profesional de lo personal; eso era justo lo que Vanesa más valoraba de ella.

—Esta es la última oportunidad. No necesito una representante indecisa.

Blanca sostuvo la mirada de Vanesa, seria y firme. Sabía que esta vez la había decepcionado.

Pero no se sintió injustamente tratada. Si cometió un error, era su responsabilidad corregirlo, cortar el problema de raíz y retomar el camino correcto.

—Sí, señorita Balderas —afirmó Blanca, apretando los labios en señal de determinación.

Vanesa sonrió, satisfecha con esa actitud.

—Adelante entonces. Y no te olvides de controlar bien la transmisión —advirtió, porque aunque le dio libertad a Iker, temía que dijera algo demasiado fuerte y les cayera encima el escándalo.

En la sala de juntas, solo quedaron unos cuantos.

—¿Qué pasa?

Santiago negó con la cabeza y salió.

¿Qué podía decir? ¿Que no se agotara, que descansara más? ¿O eso de “aquí estoy para lo que necesites, hermano”?

Palabras vacías, al final.

Cerró la puerta y, por enésima vez, sintió ese peso de impotencia, como si siempre estuviera de más, incapaz de ayudar, y hasta estorbando.

Sin dudarlo, bajó por el elevador y fue directo a la sala de ensayo.

Tenía que volverse fuerte, rápido. Solo así tendría voz propia y lograría proteger a quienes amaba.

...

En la sala solo quedaban cinco: la abogada, Esmeralda, Carlos, David y Vanesa.

—Bueno, es hora de atender lo más importante —dijo Vanesa, girando el cuello con un leve crujido y una sonrisa tan radiante que nadie podía apartar la vista.

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