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La Princesa romance Capítulo 129

—¿Todavía puedes caminar? —Vanesa extendió la mano. La joven, impecable y pulcra, hizo que Lucio dudara y retirara la suya. Apretó los dientes para levantarse, pero perdió el equilibrio y casi cae de espaldas. Por suerte, Vanesa reaccionó rápido y lo sostuvo de un tirón.

—Gracias —dijo Lucio, apoyándose en la pared—. Perdón, te ensucié…

Al decirlo, no se atrevió a mirar a Vanesa. Su atuendo la delataba: era evidente que venía de una familia feliz y acomodada. Lucio podía pelearse con cualquier pandillero, pero frente a esos estudiantes siempre limpios y bien vestidos, la vergüenza se le clavaba en el pecho, imposible de disimular.

—¿Ensuciarme? ¿Dónde? —La voz de la chica era fresca, como el agua de manantial.

Lucio alzó la vista. Vanesa se miraba el uniforme con extrañeza. No tenía ni una mancha, seguía tan limpio como antes.

Lucio abrió la boca, pero ninguna palabra se le salió.

De repente, las voces del pasado lo atacaron como relámpagos:

—¡Qué asco! ¿De dónde salió este chiquillo?

—Mamá, huele horrible…

—Pobrecito, ¿estás bien?

—¡Lárgate!

—Un niño sin papás, qué triste.

—¡Eres un salvaje, un niño sin familia! ¡Un mocoso!

—Su mamá lo abandonó, ya nadie lo quiere…

Esas frases y rostros cruzaban su mente una y otra vez, hasta que la cabeza le retumbó de dolor. Su expresión se contrajo.

—Oye, ¿te pasa algo? —Vanesa notó el rubor en la cara de Lucio y frunció el ceño con preocupación.

Se agachó y rebuscó en su mochila, sacó un pañuelo de seda y le hizo un vendaje improvisado en la herida.

—Oye, peque —Vanesa le dio unas palmaditas suaves en la mejilla. Lucio murmuró algo, pero no abrió los ojos; su respiración se agitó, cada vez más rápida.

Vanesa le tocó la frente y suspiró. Colgó la mochila al frente y, resignada, lo cargó en la espalda. Por suerte, Lucio era tan ligero que, pese a sus catorce años, Vanesa pudo alzarlo sin problema.

...

Llevaba puesta otra ropa. No necesitaba mirarse para saberlo: la sentía cómoda, suave, como si siempre hubiera sido suya.

—¿Y ahora qué hacemos? Bueno, si quieres, quédate a trabajar aquí para pagarme —el viejo soltó una risa bonachona, dejó la balanza sobre la mesa y se acercó.

—Tengo mucha fuerza, puedo ayudarte a cargar cosas —contestó Lucio sin pensarlo, la voz vacía, los ojos fijos en el techo.

—¿Fuerza? Se te ve más flaco que los niños de tu edad. Aquí lo que cargamos son cajas llenas de hierbas carísimas, ¿y si las rompes? —Valentín respondió mientras le ponía una toalla húmeda en la frente.

Lucio cerró los ojos, resignado. Sus sentidos se agudizaron.

—Soy bueno para pelear.

—Aquí no somos una banda criminal —le soltó el viejo.

—Entonces, ¿qué quiere que haga?

—¿Qué harás? Déjame pensarlo —dijo el anciano, alejándose con pasos lentos.

—¿A dónde va? —preguntó Lucio, sintiendo cómo el cansancio volvía a apoderarse de él.

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