Isaac apretó los labios y colocó el dibujo que Camila acababa de terminar delante de Vanesa.
—Oscuro, retorcido, cargado de angustia... Un niño de siete años, y ya con tantas emociones negativas, ¿tú también te asustaste? —Vanesa apenas le dio un vistazo.
Ella ya conocía bien la obra de Camila, así que no se sorprendió.
—Seguro notaste que él no es igual que otros niños con autismo.
—¿Tú qué opinas? —Vanesa no respondió a la pregunta de Isaac; en vez de eso, lanzó otra.
—Más que autismo, parece que ha pasado por algo muy duro, como si lo hubieran lastimado. Es muy desconfiado, pero, por lo que veo, al menos todavía quiere salir y hablar con la gente. Eso ya dice mucho de su estado.
Isaac apoyó el codo sobre la mesa y se sostuvo la cara con la mano, sus largas pestañas proyectaban una sombra sutil debajo de sus ojos, pensativo.
—Pero si es como dices y casi no convive con nadie fuera de casa, y la familia lo protege tanto, ¿entonces dónde pudo haber sufrido ese daño?
Buena pregunta, ¿dónde?
Por la mente de Vanesa pasó una persona, pero sin pruebas, por más que sospechara, no pensaba decir nada a la ligera.
—Parece que tienes algo en mente —dijo Isaac, lanzándole una mirada rápida, como si pudiera adivinar lo que ella pensaba.
Vanesa solo giró la cabeza y miró a Camila. El niño ya había terminado de comer y estaba imitando a Vanesa, recogiendo con cuidado el recipiente de su comida, muy obediente.
—Le gusta estar aquí. ¿Crees que pueda traerlo de vez en cuando? No es bueno que se la pase siempre encerrado en su cuarto.
—Por supuesto, estos meses estaré aquí. Y aunque no esté, puedes venir cuando quieras —Isaac respondió sin dudar.
—Tu hermana no va a irse tan rápido. Si te aburres, puedes ir al estudio a dibujar o mirar algunos libros ilustrados.
Vanesa, que había salido justo en ese momento, escuchó lo que dijo Isaac y asintió. Pensó que Camila rechazaría la invitación, pero para su sorpresa, él tomó el cuaderno y se fue solo al estudio.
Ambos respiraron aliviados. Isaac lo siguió, pero no lo molestó; en vez de eso, preparó un nuevo caballete y comenzó a pintar su propio cuadro.
Uno grande y otro pequeño, cada quien en lo suyo. Vanesa, al ver la escena, también tomó un libro y se puso a leer.
La tarde transcurrió en calma, un raro momento de tranquilidad que los tres agradecieron.
El tiempo siguió su marcha, y cuando Vanesa levantó la vista, ya eran las cuatro.
—Camila, es hora de irnos.

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