La posesividad de Santiago era tan evidente que resultaba imposible pasarla por alto. Sin embargo, sus ojos, al deslizarse brevemente por la mano de Ismael apoyada en el hombro de Estrella, no delataron ni un leve temblor emocional.
—¿Te vas a morir si esperas un rato? También podrías pedirle a alguien que te lo suba, ¿no? Y si de plano te urge, ¿no sabes ir tú mismo al almacén? —Estrella le dio un leve codazo a Ismael. Él se quejó, encorvándose de dolor, pero terco, no soltó a Estrella.
—¡Después de tantos años, sigues pegando igual de fuerte! —Ismael se doblaba, con la cara hecha una mueca.
Estrella ni se inmutó, y alzó la mano amenazando con darle otro golpe. Al final solo fue un amague para asustarlo, ni siquiera lo tocó.
—Ya casi es la hora. Voy a preparar el equipo para empezar el show —dijo Santiago, agachando la cabeza mientras ajustaba el micrófono, como si la cercanía entre los otros dos no existiera.
Estrella miró el reloj en la pared.
—Va, tú sigue en lo tuyo. Vámonos, vamos por el licor —soltó, con esa mezcla rara de cortesía y resignación.
Ismael miró de reojo a Santiago fingiendo indiferencia, pero en la comisura de sus labios se dibujó una sonrisa triunfal.
—¿Y tú qué, por qué te quedas parado ahí sonriendo solo? —le gritó Estrella cuando notó que Ismael no la seguía.
—Ya voy, ya voy. Hace mucho que no voy a platicar con tu papá, ¿qué tal si mañana me lanzo?
—Haz lo que quieras, nadie te lo impide.
—¿Y tú, qué planes tienes para mañana…?
Las voces de ambos se fueron perdiendo poco a poco, y sus figuras se alejaron hasta desaparecer del campo de visión de Santiago. Fue entonces, y solo entonces, cuando él levantó la mirada.
La última noche había terminado en paz. Santiago despidió a sus compañeros y, cargando su caja, se marchó en silencio.
...
—¿Oigan, vieron a Santiago? —preguntó Estrella al no verlo por ningún lado, recargándose en la barra.
—Perdón, creo que me pasé un poco —dijo, mostrando un colmillo al sonreír.
Tal vez fue en ese instante cuando Santiago, que nunca creyó en el amor a primera vista, sintió cómo el corazón se le salía del pecho.
Pero fue solo un destello. Pensó que nunca volverían a cruzarse… hasta que, por azares del destino, terminó trabajando en el bar de Estrella. Ni hablar de la sorpresa al descubrir que su hermana menor era la mejor amiga de ella.
Él lo entendía: eran de mundos opuestos. Ahora que había dejado el bar, hasta sentía un poco de alivio. Quizá, al poner distancia, sería más fácil dejar atrás esas ilusiones tan fuera de lugar.
...
Al día siguiente, Vanesa se sentó a observarlo dibujar, después de que Camila le diera permiso.
Camila, cuando pintaba, se sumergía en su propio universo. Así que, aunque Vanesa se quedara a su lado mirándolo sin decir palabra, no se sentía incómoda; seguía en lo suyo como si nada ni nadie pudiera sacarla de su mundo.

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