La respiración agitada de Benjamín rozaba su cuello. Su bata ya había sido arrancada y arrojada al suelo.
Las grandes manos del hombre apretaban su cintura con firmeza. La fuerza era tal que sus marcas no tardaron en aparecer sobre su suave piel de porcelana.
—Josefina, tú te lo buscaste.
***
Fue una noche de pasión desenfrenada.
Al final, Benjamín la cargó hasta el baño, la lavó con cuidado y él mismo le aplicó crema en el cuerpo antes de abrazarla para finalmente dormir.
La tarde del día siguiente, Josefina y Benjamín bajaron al sótano para ver a Emiliano una vez más.
Estaba tan desnutrido que parecía un saco de huesos, pero seguía aferrándose a la vida.
Hasta que no confesara todo, Benjamín no le iba a permitir el lujo de morir.
El hombre estaba atado, colgando a medias en el aire, respirando con dificultad. El cuarto apestaba a sangre seca y sudor frío.
Josefina sostenía un arma en la mano, practicando su puntería mientras le lanzaba la misma pregunta:
—¿Quién fue el que te ordenó hacerme esto?
Emiliano se mantuvo en un terco silencio.
Benjamín intervino desde un rincón con un tono casual.
—La familia Paredes está en una crisis terrible en este momento. He estado observando la situación, esperando el momento perfecto para atacar. Y cuando lo haga, seguramente me llevaré la mayor parte de sus riquezas.
Miró a Emiliano con total frialdad.
—¿Vas a morir protegiendo este secreto, o prefieres salvar a tu familia? Piénsalo muy bien. Si tomas la decisión equivocada, la vida de tu gente se convertirá en un infierno.
Al fin, Emiliano mostró un ligero cambio en su expresión. Abrió los ojos a medias y con una voz extremadamente ronca, casi inaudible, dijo:
—¿Ustedes lograron contactar a Leandro?
Benjamín enarcó una ceja.
—Así es. De hecho, ya llegó a Santa Aurelia.
—Quiero verlo.
La voz de Emiliano sonaba como lija.
—Déjenme hablar con él, y les diré todo lo que quieren saber.
Benjamín dejó escapar una sonrisa ladeada.
—Hecho.
Tomó a Josefina de la mano.
—Vamos. Lo esperaremos afuera.

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