Josefina tuvo insomnio, no pudo dormir en toda la noche y a la mañana siguiente amaneció con dolor de garganta y la cabeza aturdida.
Escuchó el timbre de su celular, pero no tenía fuerzas para contestar; se despertó por un momento y volvió a quedarse dormida.
Más tarde, se despertó por un repentino dolor punzante en el dorso de la mano.
Josefina abrió los ojos y vio a un hombre en bata blanca que revisaba el suero de la bolsa intravenosa.
—¡Señorita León, al fin despierta! Casi me mata del susto. Como no salió en toda la mañana, pensé que seguía dormida y no la quise molestar, pero ya era de noche y seguía sin salir, así que entré a ver. ¡Resulta que se había desmayado por la fiebre!
Alejandra, la cuidadora, estaba parada a un lado y le habló rápidamente al verla despertar.
Josefina aún sentía la cabeza pesada y la garganta le ardía de resequedad. Tragar saliva se sentía como pasarse navajas por el cuello.
—Gracias...
Logró articular con una voz sumamente ronca.
Alejandra suspiró.
—Qué bueno que ya despertó. Le van a poner medicamento para bajar la fiebre; si de plano no mejora, tendremos que ir al hospital.
A Josefina le dolía demasiado la garganta para hablar, así que prefirió guardar silencio.
Alejandra se dio la vuelta de inmediato para avisarle a su abuela.
Alguien empujó la silla de ruedas de la señora Suárez hacia adentro de la habitación. La anciana frunció el ceño al verla.
—¡Muchacha tonta! ¿Cómo se te ocurre seguir durmiendo si te sentías mal? ¿Acaso querías matarme del susto?
—Abuela, perdón por preocuparte tanto —dijo Josefina con tono de disculpa.
Su voz sonaba tan rasposa que daba lástima escucharla.
—Ya, no digas nada. Mejor descansa —la abuela le dio unas palmaditas en la pierna para que dejara de forzar la garganta.
El doctor le dejó un par de cajas de medicina antes de darse la vuelta y retirarse.
Alejandra le acercó un vaso con agua. Josefina bebió unos tragos, lo que alivió un poco su garganta y la hizo sentir mejor.
—Hice un poco de caldo de pollo —comentó Alejandra—. Tiene que comer algo, si no al rato le va a doler el estómago.
—Está bien.
Josefina asintió.
Seguía bastante mareada, su cuerpo se sentía muy pesado y los párpados se le cerraban solos. Para colmo, no tenía nada de hambre.

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