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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 329

Llena de terror, Teresa subió de prisa las escaleras. Al abrir la puerta de la recámara, encontró a Magdalena tirada en el piso, pálida y muerta de miedo, con una navaja ensangrentada tirada frente a ella.

—¡¿Qué chingados pasó aquí?!

Teresa se abalanzó sobre Magdalena, agarrándola por los hombros mientras le exigía respuestas.

—No sé... de verdad, no sé nada...

Magdalena negaba con la cabeza. Tenía la cara pálida como papel y la voz le temblaba incontrolablemente.

Ella había entrado al cuarto tal como planearon, pero justo cuando estaba a punto de acercársele, el tono dulce de Benjamín cambió a uno gélido en cuestión de un segundo.

—Tú no eres Jose.

Lo había dicho con absoluta certeza.

Y acto seguido, prendió la luz.

Magdalena se asustó un poco, pero sabía que él estaba bajo el efecto de la droga y seguramente se estaba muriendo de calor, así que se armó de valor para acercarse.

—Jose me pidió que viniera. Dijo que te sentías mal y quería que te echara un ojo. Benjamín, ¿qué tienes?

Mientras hablaba, estiró la mano para intentar acariciarlo.

—¡Lárgate!

Pero, en un segundo, Benjamín la aventó lejos y le pegó un grito, jadeando con furia.

La droga le estaba quemando por dentro, llenándole la cabeza de esos instintos. Sabía perfectamente que no podía quedarse ahí.

Fue entonces cuando Magdalena vio con horror cómo él abría el cajón de golpe, sacaba una navaja y, con una mirada implacable, ¡se clavaba el filo en el brazo izquierdo tres veces seguidas!

Con cada corte que se daba, su mirada se volvía más lúcida.

Tras el tercer tajo, recobró por completo la cordura. Bajó la mirada, soltó un par de risitas secas, dejó caer la navaja al piso y salió corriendo del cuarto a tropezones.

Al recordar esa maldita escena, ¡a Magdalena aún le castañeaban los dientes del miedo!

Nunca en su vida había visto a un Benjamín tan despiadado.

Por lo regular, él era educado y tratable, siempre derrochando una elegancia y un aura que le recordaban muchísimo a Diego.

Sin embargo, el hombre que acababa de ver parecía un demonio recién salido del infierno. Ese lado salvaje, violento y sombrío que sacó a flote era algo que ella jamás hubiera imaginado de él.

Pero Teresa no le creía nada:

—¡Cómo que no sabes! ¡Estaban ustedes dos solos en el cuarto! ¡Exijo que me digas qué chingados pasó!

Magdalena se paró del suelo, hecha un mar de lágrimas, y gritó:

—¡Que prefirió apuñalarse él mismo antes que tocarme! ¡Así de simple fue la cosa!

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