Beatriz se aguantó las ganas de explotar y soltó un bufido frío. —Solo te crees mucho porque tienes a Benjamín de tu lado. ¿Qué serías tú sin él?
Josefina la miró con indiferencia. —¿Y tienes alguna forma de hacer que desaparezca de mi vida rápido? Ya me tiene harta.
Beatriz no supo qué contestar a eso.
¡Estaba que se la llevaba el diablo del coraje!
En ese momento, Manuel intervino: —Ya estuvo. Ven conmigo.
Beatriz fulminó a Josefina con la mirada y se dio la media vuelta para irse.
Josefina regresó a la empresa y se quedó en el estudio de grabación otras dos horas. Para cuando salió, ya había oscurecido por completo.
En su lugar de trabajo había alguien sentado.
Su expresión se ensombreció. Se quedó parada a unos metros de distancia y no dio ni un paso más.
—¿Te quedaste horas extras? ¿Tienes hambre?
Benjamín guardó el celular, se levantó y caminó hacia ella.
—¡No te acerques!
Josefina retrocedió. Su mirada estaba llena de alerta y desconfianza.
Aquello fue como una daga afilada clavándose directo en el corazón de Benjamín.
Sus pasos se detuvieron y la miró fijamente con sus ojos oscuros.
—Jose, ¿me estás evitando?
—¿Y qué esperabas? —Josefina seguía a la defensiva—. Nunca te ha importado lo que pienso. Después de lo que intentaste hacer, ¡lo único que quiero es que desaparezcas de mi vida!
Benjamín, sin embargo, soltó una risa sorda. —Pues me temo que te voy a decepcionar.
Comenzó a caminar hacia ella con pasos largos.
A Josefina se le erizó la piel. Rodeó el escritorio para evitar que la alcanzara.
Ese simple movimiento pareció enfurecerlo.
Benjamín se quedó de pie al otro lado del escritorio. Su mirada se clavó en la mesa, calculando si no sería más fácil simplemente patearla y quitarla de en medio.
—No te puedes esconder de mí, Jose —dijo Benjamín, acercándose lentamente—. ¿Para qué desgastarte a lo tonto?
A Josefina le sudaban las manos y sentía un nudo en el pecho. No sabía qué hacer para escapar de la situación.

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