Sentado a la cabecera de la mesa, Andrés escuchaba los reproches de todos con el rostro extremadamente sombrío.
Por dentro, estaba hirviendo de rabia.
¡Jamás le pasó por la mente que Benjamín de verdad se atrevería a ponerle el pie encima!
¡Maldita sea, era su propio suegro!
¿Con qué descaro se ponía en su contra?
A su lado, su secretario no dejaba de atender el teléfono; cada que colgaba y lo miraba, su cara de angustia era peor.
El ambiente en la sala de juntas se volvió asfixiante por completo.
Andrés cerró los ojos, fastidiado, y cortó el tema de tajo:
—Se acabó, cerramos la junta por hoy. Yo mismo me encargaré de solucionar este problema.
Al terminar la frase, se levantó de su silla y abandonó la sala de un portazo.
Su secretario corrió detrás de él y le avisó con mucho cuidado:
—Jefe, ya me hablaron de otras empresas asociadas, dicen que prefieren mantener distancia por ahora...
Andrés le hizo una seña con la mano, bastante malhumorado.
—¡Ya estuvo! ¡Ya entendí!
Sin más opción, el empleado salió de la oficina.
Andrés, enfurecido, agarró todo lo que había sobre el escritorio y lo aventó al piso. Cerró los ojos con pesadez, luego sacó su celular y marcó el número de Benjamín.
Pero para su sorpresa, quien le contestó la llamada fue su asistente, Valentín.
—Señor León, ¿en qué le puedo servir? —el tono de Valentín fue estrictamente profesional.
—¿Dónde está Benjamín? ¡Pásamelo! —exigió Andrés.
—El señor Gutiérrez se encuentra en una reunión. Si tiene algún mensaje urgente, puede dármelo y yo me encargaré de pasárselo.
¡Esto significaba que ni siquiera pensaba dirigirle la palabra!
¡Ah, qué maravilla!
Andrés le colgó el teléfono, se dio la vuelta de inmediato y abandonó el corporativo a toda prisa.
En el hospital.
Dentro de la habitación.
Las heridas en la espalda de Josefina ya no le dolían tanto, aunque seguía sin poder recostarse. Hizo el intento de salir de ahí, pero los guardaespaldas de la entrada le bloquearon el paso.
Su rostro estaba demacrado y frunció sus lindas cejas con obvia molestia.
—¿Con qué derecho me impiden el paso?
—Señora, son órdenes directas del jefe. Pidió que se quedara aquí internada hasta que sus heridas sanen por completo. El patrón lo hace pensando únicamente en su bienestar —le explicaron los guardias, muy dedicados a su labor.
Josefina cerró las manos en puños; la impotencia y el ahogo le pesaban demasiado.

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