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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 158

Benjamín clavó su gélida mirada en el rostro de Silvia.

Un ambiente completamente helado se apoderó de la habitación. Una presión abrumadora y pesada recayó sobre Silvia, haciéndola encogerse de miedo por puro instinto.

Hasta las manos le temblaron, al punto de casi soltar el bate.

—¿Tú le diste esa brillante idea? —preguntó él.

Benjamín sabía que Josefina se pasaba todo el tiempo con ella.

Ese par de amigas siempre estaban maquinando sabe Dios qué locuras juntas.

Hacía un tiempo ya le habían hecho una.

Él acababa de regresar de un viaje de negocios y Josefina lo recibió en casa sosteniendo una fusta de cuero. Se golpeaba suavemente la palma de la mano con ella y, sin más, le ordenó que se desnudara por completo.

Su justificación fue que tenía que "revisarle hasta el último rincón" para asegurarse de que ninguna otra mujer le hubiera dejado marcas.

Aquella noche, fue él quien se encargó de dejarle bastantes marcas a ella. La fusta, por supuesto, terminó botada debajo de la cama.

Mientras Josefina dormía profundamente por el agotamiento, su celular se encendió. Era un mensaje de Silvia:

[Jose, ¿qué tal te fue? ¿Se humilló? ¿Te suplicó perdón?]

Esa vez, Benjamín se puso lívido del coraje.

¡Todo había sido idea de Silvia!

¡¿Qué acaso lo tomaban por un juguete?!

El silencio se volvió asfixiante.

Por eso, al tenerla en frente ahora, Benjamín asumió automáticamente que había sido ella quien le llenó la cabeza a Josefina con tal de forzar el divorcio. ¡Un plan tan bajo como el de meterle a una mujer a su cama no podía ser obra de su esposa!

—¡No vengas a echarle la culpa a ella! —saltó Josefina en su defensa—. ¡Silvia no tiene nada que ver! ¡Fue idea mía y de nadie más!

Benjamín volvió a posar la vista en su esposa. En sus ojos brillantes aún quedaba el rastro de la ira; respiraba de forma agitada bajo su agarre, y ahí, arrinconada en el sofá, con el cabello alborotado y el borde de los ojos enrojecido, irradiaba una belleza cautivadora.

El hombre pasó saliva, y su voz sonó todavía más sombría:

—¿De verdad pensaste que si me enviabas a una mujer a la cama iba a aceptar darte el divorcio?

Josefina cerró los ojos con fuerza, tratando de contener el llanto.

Benjamín se inclinó hacia ella. Su aliento caliente le rozó la oreja mientras pronunciaba unas palabras que destrozaron la última esperanza que le quedaba.

—Incluso si me acuesto con otra, no me voy a divorciar de ti. Olvídalo de una vez por todas.

Acto seguido, se puso de pie y salió del departamento a zancadas largas.

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