Josefina se soltó de un tirón y la miró con el ceño fruncido.
—¿Y qué pruebas tienes de que mi abuela fue la amante? Al fin y al cabo es tu madre, ¿cómo te atreves a decir eso de ella?
Jimena se molestó aún más.
—No te echaría mentiras, yo misma los escuché con mis propios oídos. Tus abuelos se estaban peleando, empezaron a sacar a la luz cosas de cuando eran jóvenes, y así fue como me enteré de que tu abuela se metió en medio y separó a tu abuelo de su primer amor.
Hizo una pausa y luego continuó:
—Esos aretes de zafiro eran la prueba de amor de ellos dos, pero tu abuela se negó a devolvérselos, y por culpa de eso tu abuelo murió sumido en la depresión.
Josefina lo encontraba increíble.
—¿Y solo por unas cuantas palabras en medio de una pelea decides tachar a mi abuela de ser la otra? De verdad no te reconozco. ¿No deberías estar del lado de mi abuela? ¡Es tu propia madre!
Su abuela siempre había sido amable, cariñosa, detallista; sus movimientos siempre tenían el porte de una verdadera dama elegante.
¿Cómo iba a hacer algo así?
Además, ¿quién podía saber a ciencia cierta lo que pasó cuando eran jóvenes?
¿Había alguna prueba?
¿O todo se basaba únicamente en su versión de la historia?
Josefina no pensaba creer las palabras de Jimena bajo ninguna circunstancia solo por un par de frases sueltas.
Su abuela la trataba muy bien.
Y ella creía en su abuela.
Jimena la miró frunciendo el ceño.
—Niña, ¿por qué no logras entenderlo? Dices que yo no apoyo a mi madre, pero ¿y tú? ¿Por qué tú no te pones de mi lado?
Josefina curvó los labios en una sonrisa sarcástica.
—Porque eres un completo fracaso como madre. A tus ojos solo existe tu hija adoptiva; no tienes una hija biológica.
Furiosa, Jimena levantó la mano dispuesta a soltarle una cachetada.
Pero Josefina dio un paso atrás, impidiendo que la tocara, y le habló en un tono gélido:
—Los aretes de zafiro son de mi abuela y nunca se los voy a dar a Magdalena Salinas. Y no me importa si esos rencores de la generación pasada son ciertos o falsos; lo único que me importa es que mi abuela es buena conmigo y no pienso decepcionarla.
Al terminar de hablar, se dio la vuelta para marcharse.
Con la voz temblorosa, Jimena le advirtió:

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