—¡Maldita sea contigo...!
Andrés estalló en cólera; la miraba como si fuera la peor decepción de su vida.
A Josefina le reventaba que la viera así.
Como si acabara de cometer un crimen de Estado.
Cuando lo único que estaba haciendo era defender lo que era suyo.
No quería dejarse pisotear, eso era todo.
¿Qué necesidad había de que la juzgara de esa forma?
O sea, ¿le tenía que aplaudir todo a Magdalena? ¿Regalarle sus cosas, agachar la cabeza cuando la calumniaran y tragarse el coraje calladita para que dijeran que era una mujer madura?
Pues qué lástima, porque ella no era así de dejada.
El silencio pesó en la sala durante un buen rato.
Andrés la escudriñó con una mezcla de sentimientos antes de soltar la bomba.
—Jose, te lo pongo fácil: o las acciones de la empresa, o los aretes. Tienes que escoger.
A Josefina se le escapó una risa llena de bilis.
—¿Bajo qué lógica? Yo soy tu hija de sangre; las acciones de la empresa me tocan por derecho. Y las joyas las pagó mi marido con su dinero, así que también me pertenecen. ¡No veo por qué tengo que renunciar a una u otra!
—A mí no me vengas con excusas legales —la interrumpió Andrés con tono fúnebre y una mirada que helaba la sangre—. Te acabo de dar las dos opciones. El papeleo de las acciones todavía no se concreta, así que puedo echarlo todo para atrás en cualquier momento. Piénsale bien antes de abrir la boca.
Dicho eso, se levantó y se dirigió a la salida.
Josefina apretó los puños hasta encajarse las uñas en la palma de la mano.
—Esos zafiros son el capricho que mi abuela siempre soñó, jamás se los voy a dar a esa arribista. ¡Y tampoco voy a soltar las acciones que me corresponden!
Él se frenó en seco y volteó a verla con el ceño fruncido.
—¿Tu abuela? ¿Por qué querría esos aretes?
—Sí —asintió Josefina—. Me confesó que esas joyas fueron el regalo de compromiso de mi abuelo. Las extraviaron hace mucho tiempo, y ella se la ha pasado añorándolas. Ahora que por fin di con ellas, obvio tenía que recuperarlas para devolvérselas.
—Nunca escuché a tu madre mencionar nada parecido —murmuró Andrés, incrédulo.
Si en verdad era el tesoro más preciado de su suegra, ¿cómo era posible que Jimena no le hubiera contado nada al respecto?

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