El sol se filtraba a través de las cortinas de gasa blanca, dibujando patrones dorados sobre el suelo de mármol. Mariana abrió los ojos lentamente, desorientada por un instante. Las paredes blancas con delicados arabescos dorados, el techo alto con una lámpara de cristales que reflejaba la luz matutina, la cama con dosel de madera oscura... Todo parecía sacado de un cuento de Las mil y una noches.
No estaba en México. Estaba en Alzhar, en el palacio del Jeque Khaled Al-Fayad.
Se incorporó, sintiendo la suavidad de las sábanas de algodón egipcio contra su piel. Su habitación era más grande que todo su apartamento en Ciudad de México, con un balcón que daba a un jardín interior y un baño de mármol que parecía diseñado para una reina. Lujo y opulencia por todas partes, pero también una extraña sensación de vacío, como si las paredes guardaran secretos.
Tres golpes suaves en la puerta interrumpieron sus pensamientos.
—Adelante —dijo Mariana, pasándose los dedos por el cabello revuelto.
Una mujer mayor, de rostro sereno enmarcado por un hiyab gris perla, entró con una bandeja de plata. Sus movimientos eran precisos, medidos, como si cada gesto estuviera coreografiado.
—Buenos días, señorita Mendoza. Soy Layla, sirviente del ala este —se presentó con voz pausada y un acento que hacía que las palabras sonaran como música—. Le he traído el desayuno.
Mariana observó la bandeja: té humeante, dátiles frescos, pan plano, queso fresco y miel dorada. Un desayuno simple pero elegante.
—Gracias, Layla. Es muy amable —sonrió, intentando establecer una conexión.
La mujer asintió con cortesía distante mientras servía el té en una taza de porcelana fina. El aroma dulce y especiado llenó la habitación.
—Té de dátiles con cardamomo. Una especialidad de la casa —explicó—. Los niños la esperan a las nueve para comenzar sus actividades.
Mariana miró el reloj: faltaba una hora. Tiempo suficiente para desayunar y prepararse.
—Perfecto. Estoy ansiosa por conocer mejor a Sami y Amira.
Layla la miró con una expresión que Mariana no supo interpretar. ¿Preocupación? ¿Advertencia?
—Señorita Mendoza —comenzó, colocando la tetera sobre la bandeja—, hay ciertas... reglas que debe conocer para moverse en el palacio Al-Fayad.
Mariana dio un sorbo al té, sintiendo su dulzura en la lengua.
—Por supuesto, estoy dispuesta a adaptarme.
Layla se irguió, juntando las manos frente a su cuerpo en un gesto solemne.
—Aquí, el silencio es virtud. El jeque no tolera la desobediencia, y las extranjeras no deben ser vistas sin velo fuera de su sección —recitó con voz firme—. Los niños son la prioridad del jeque, pero también su mayor preocupación. Desde la muerte de su madre...
Se detuvo, como si hubiera dicho demasiado.
—¿Qué le pasó a su madre? —preguntó Mariana, incapaz de contener su curiosidad.
—No es mi lugar hablar de eso —respondió Layla con firmeza—. Solo debe saber que el jeque es muy protector con sus hijos. Y con las tradiciones.
Mariana asintió, aunque en su interior sentía una mezcla de intriga y rebeldía. Había aceptado el trabajo para cuidar niños, no para convertirse en una sombra silenciosa.
—Encontrará ropa adecuada en el armario —continuó Layla, señalando hacia una puerta de madera tallada—. Para salir de esta ala, debe cubrirse apropiadamente. El jeque ha sido generoso al permitir que una extranjera cuide de sus hijos. No abuse de esa generosidad.
Con esas palabras y una leve inclinación, Layla salió de la habitación, dejando a Mariana con más preguntas que respuestas.
Dos horas después, Mariana caminaba por los jardines interiores del palacio con Sami correteando delante de ella y Amira siguiéndolos a paso más tranquilo. El jardín era un oasis de verdor en medio del desierto: palmeras datileras, jazmines, buganvillas y una fuente central donde el agua cantaba una melodía hipnótica.
Mariana se había puesto un vestido largo de algodón azul claro y un pañuelo del mismo color sobre la cabeza, aunque no estaba segura de haberlo colocado correctamente. Se sentía incómoda, limitada, pero intentaba adaptarse.
—¡Mira, Mariana! —gritó Sami, señalando una mariposa que revoloteaba entre las flores—. ¡Es como las que me enseñaste en el libro!
—Es preciosa —respondió ella, sonriendo ante el entusiasmo del niño—. ¿Sabes cómo se llaman en español?
—¡Ma-ri-po-sa! —pronunció Sami con cuidado, orgulloso de recordar la palabra.
Mariana rio, olvidando por un momento dónde estaba. Su risa, clara y espontánea, resonó en el jardín como una nota discordante en la sinfonía de silencio del palacio.
—¡Muy bien! Eres un estudiante excelente.
Amira, que los observaba con sus grandes ojos oscuros, se acercó tímidamente.
—¿Puedo aprender español también? —preguntó en voz baja.
El corazón de Mariana se derritió ante la petición. Se agachó para quedar a la altura de la niña.
—Por supuesto que sí, cariño. Podemos aprender juntos, tú me enseñas árabe y yo te enseño español. ¿Te parece?
La sonrisa de Amira fue como un rayo de sol, iluminando su rostro habitualmente serio. Mariana sintió que algo se desataba dentro de ella, una ternura protectora hacia estos niños que parecían tan necesitados de afecto.
Mientras hablaban, Sami había seguido a la mariposa hasta la fuente. En su entusiasmo, perdió el equilibrio y cayó al agua con un chapoteo sonoro.
—¡Sami! —exclamó Mariana, corriendo hacia él.
VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA NIÑERA DEL JEQUE