Se había ido con tanta prisa que no se había dado cuenta de que llevaba puesta la ropa de la tienda.
La vendedora suspiró aliviada al ver a Leonor regresar.
Su bono de este mes estaba a salvo. Después de todo, el conjunto que llevaba Leonor no era barato. Si no hubiera vuelto a pagarlo, habría tenido que pagarlo de su propio bolsillo.
La vendedora, con una actitud entusiasta y rápida, le cobró a Leonor.
En solo cinco minutos, Leonor ya estaba en la calle con su bolsa de la compra.
Su teléfono vibró.
Leonor lo sacó.
Vio que era un mensaje de un número desconocido:
«¡Doctora Sandoval! ¡Hola! ¡Soy Jessica! ¡La chica a la que salvaste hoy! ¡Muchas gracias por lo de hoy! Cuando salga del hospital, vamos de compras. ¡Conozco un montón de tiendas secretas increíbles!».
El entusiasmo y el cariño de Jessica casi saltaban de la pantalla.
Leonor miró el mensaje, un poco agobiada, sin saber qué responder.
Era una persona solitaria y se sentía un poco abrumada e incómoda ante personas tan entusiastas y extrovertidas.
Pero no responder sería de mala educación.
Así que Leonor respondió brevemente: «Recupérate bien. Lo de agradecérmelo, ya lo hablaremos».
Justo después de guardar el teléfono, llegó otro mensaje:
Jessica: «¡Por cierto! Mi madre también quiere agradecértelo como es debido. ¿Podemos visitarte otro día?».
Leonor dudó un momento.
No le gustaba lidiar con este tipo de compromisos sociales, pero la mirada de Jessica era tan sincera que se notaba que su deseo de agradecer era puro.
¿Sería de mala educación rechazarla dos veces seguidas?
Además, ahora que había abierto su clínica, si querían visitarla, podrían considerarse clientes potenciales.
Pensándolo así, Leonor se sintió menos incómoda.
Respondió al mensaje aceptando.
Leonor era de las que cedían ante la amabilidad, no ante la fuerza. Si Jessica hubiera sido insistente, seguramente se habría negado. Pero Jessica optó por la persuasión suave, los halagos, las súplicas y la ternura.
Leonor no pudo resistirse y, el día antes de su viaje, aceptó la invitación de Jessica.
Leonor se detuvo frente a la entrada del club y contempló la puerta negra y dorada del discreto pero lujoso edificio.
Frente a la puerta había varios coches de lujo aparcados, e incluso el uniforme del portero desprendía un aire de elegancia sutil.
La dirección que le había enviado Jessica era la de un club privado de élite, exclusivo para socios y al que solo se podía acceder con invitación.
Era evidente que la familia de Jessica no era una familia cualquiera.
—¡Doctora!—.
Jessica salió corriendo del interior y la tomó del brazo con familiaridad. —¡Por fin llegaste! ¡Mi madre y mi tía te están esperando!—.
Aunque solo se habían visto una vez en el hospital y desde entonces solo habían hablado por internet, Jessica era sorprendentemente extrovertida.
¿De dónde sacaba tanta confianza esta chica?

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