Sin David acorralándola en una esquina, Leonor tuvo por fin la oportunidad de echar un vistazo a su casa.
Sus ojos recorrieron el lugar.
La casa de David era mucho más sencilla de lo que había imaginado.
Una paleta de colores en blanco, negro y gris, espacios amplios y luminosos. Desde el ventanal se veía el paisaje nocturno de toda la ciudad, un lujo que no resultaba ostentoso.
Definitivamente, encajaba con su estilo.
Cenaron algo sencillo.
Después de la cena, David se sentó en el sofá, miró el reloj en su muñeca y le dijo a Leonor:
—Ayúdame a quitármelo.
Leonor se quedó extrañada. —¿Eh?
David le tendió la muñeca, con una sonrisa en los labios. —Para ponerme el que me regalaste.
Leonor parpadeó y le desabrochó la correa.
La muñeca de David era huesuda y definida, con las venas de un azul pálido visibles bajo la piel. Su tacto era cálido.
Con cuidado, le quitó el reloj viejo y tomó el que ella le había regalado, ajustándoselo suavemente en la muñeca.
La esfera azul oscuro contrastaba con su piel, dándole un aire de elegancia discreta y un toque más juvenil que el que llevaba antes.
David bajó la vista para observarlo y arqueó las cejas con satisfacción. —Me queda perfecto.
Leonor retiró las manos y asintió, también satisfecha. —Sí, te va muy bien.
David la miró, con ganas de bromear.
—Cuando lo elegiste, ¿lo hiciste pensando en mi estilo?
—Me conoces tan bien…
Leonor lo fulminó con la mirada, sin seguirle el juego.
—Lo compré al azar. Me pareció bonito y ya.
Al ver que Leonor estaba a punto de enfadarse, David soltó una risita y no la molestó más.
Leonor miró la hora. Eran casi las diez.
Ya era bastante tarde, y al día siguiente tenía que ir a la Ciudad A. No podía quedarse más tiempo.
—Tengo que irme.
—Mañana por la mañana tengo que ir a la Ciudad A.
David asintió y cogió su chaqueta.

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