Todas las miradas se dirigían, de forma más o menos disimulada, hacia el palco VIP.
David Cillin, el hombre de hielo que nunca se había interesado por las mujeres, ¿acababa de gastar cincuenta millones por una?
—¿No era el señor Cillin famoso por su indiferencia hacia las mujeres? La última vez, la heredera de los Lin se le declaró en público y ni siquiera la miró. Y ahora…
—¿De dónde ha salido esta mujer? ¿Cómo ha conseguido que el señor Cillin haga una excepción?
—He oído que se apellida Sandoval. ¿Será la heredera de alguna familia influyente y discreta?
Los susurros se extendían entre la multitud.
Al finalizar la subasta, Leonor fue sola a la zona de gestión para tramitar los papeles y dar la dirección de entrega.
David había querido acompañarla, pero Leonor le hizo un gesto con la mano.
—Son solo unos minutos, espérame aquí.
David la miró y finalmente asintió: —De acuerdo.
En cuanto Leonor entró en la sala VIP de la trastienda, escuchó una voz perezosa y sonriente.
—Señorita Sandoval, qué casualidad.
Sebastián Montalvo estaba apoyado en el mostrador, jugueteando con el diamante rosa que acababa de comprar, su mirada era burlona.
—Parece que el destino insiste en juntarnos.
El mismo truco repetido varias veces.
Leonor ni siquiera se molestó en levantar la vista y se dirigió directamente al personal.
—Hola, vengo a recoger la «Vid de Sangre de Dragón».
El empleado le entregó respetuosamente una caja de sándalo sellada: —Señorita Sandoval, por favor, verifique el contenido.
Leonor abrió la caja, confirmó que la hierba era la correcta y se dispuso a marcharse.
Pero detrás de ella, se escuchó el sonido nítido de unos tacones.
—Vaya, vaya, ¿no es la señorita Sandoval?
Elia Zárate se acercó con aire elegante, sus labios rojos se curvaron en una sonrisa.
—¿Cómo es que vienes a recoger la hierba sola?

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