Elia Zárate se quedó atónita por un momento, y luego su expresión cambió ligeramente. No se sentía tan feliz como había imaginado.
Aunque le había arrebatado el lote, ¿por qué tenía la sensación de que Leonor la había engañado?
David también estaba desconcertado. Frunció el ceño y miró a Leonor.
—¿Por qué has dejado de pujar?
Leonor negó con la cabeza con pesar.
—Con veinte millones podría comprar varias Setas Nevadas en el mercado. No soy tan tonta como para gastar esa cantidad solo por orgullo.
—Además…
—La Seta Nevada no es lo que más deseo. Después viene una «Vid de Sangre de Dragón».
—Ese es mi objetivo principal esta vez.
—En cuanto a la señorita Zárate…
Leonor hizo una pausa, y un brillo astuto cruzó sus ojos.
—Ya que le gusta tanto la «Seta Nevada», que pague un poco más y se la lleve a casa como adorno.
Leonor era médica; en sus manos, la Seta Nevada tendría un gran uso.
Pero en manos de una señorita como Elia Zárate, que nunca había movido un dedo, solo serviría para acumular polvo.
Además, ¿no la estaba atacando Elia por David?
Con hablar un par de frases más con David delante de ella, lograría el mismo efecto que gastando esos veinte millones.
Leonor había calculado bien esa jugada.
David se quedó perplejo un instante, y luego soltó una risa ahogada.
Después de eso, ya no insistió más con la Seta Nevada.
El tiempo pasó volando.
En un abrir y cerrar de ojos, llegó el momento culminante de la subasta.
La música sonó, la urna de cristal en la plataforma se elevó lentamente y las luces se centraron en ella.
La urna estaba cubierta por una tela de un rojo oscuro.
Las luces parpadeantes y la tela que envolvía el objeto le añadían un aura de misterio.
La voz de la asistente ya no era tan dulce como antes.


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