En comparación con la furia de David, Leonor se mostraba muy tranquila.
No solo no estaba enfadada, sino que parecía sorprendida de que David se alterara por algo así.
Al verla de esa manera, David se enfadó aún más.
Con una sonrisa que no denotaba alegría, le pellizcó suavemente la mejilla.
—Qué tranquila te lo tomas.
—¿Has pensado que eres una mujer sola, indefensa? Si ese tipo hubiera logrado entrar, ¿qué habrías hecho?
Leonor soltó una risita.
David estaba tan preocupado que no pensaba con claridad.
¿Acaso había olvidado que en el país Z, si no hubiera sido por esa aguja suya, David habría acabado muerto o gravemente herido?
Sus dedos juguetearon inconscientemente con la aguja de plata que llevaba en la muñeca.
Leonor le lanzó una mirada de soslayo.
—Me estás subestimando un poco, ¿no crees?
—¿Ya olvidaste que te salvé la vida en el país Z?
—Incluso si hubiera entrado, el que habría salido mal parado habría sido él.
Ella no era ninguna damisela indefensa.
Durante sus cuatro años en prisión, su habilidad en el combate cuerpo a cuerpo era suficiente para tumbar a tres de los guardaespaldas profesionales contratados por la familia Sandoval.
Si a eso se le sumaba su preciso conocimiento de la anatomía humana…
Aquel delincuente, de haber entrado, habría descubierto por qué las amapolas son rojas.
David la observó con esa actitud despreocupada, su mirada se intensificó y su tono se volvió resignado.
—Sé que eres muy fuerte.
—Pero hasta la persona más fuerte puede tropezar con la piedra más pequeña.
—Los que se ahogan suelen ser los que saben nadar. Tienes que cuidarte más y ser más precavida.
—Haré que la administración refuerce las patrullas y añada más cámaras de alta definición.
—Y durante este tiempo, es mejor que no salgas sola.
Leonor enarcó una ceja. —¿No crees que estás exagerando?
¿Acaso la trataba como a una muñeca de porcelana?
—No es una exageración.
—Leonor, no me hagas preocupar.
Su voz era grave y la miraba con unos ojos profundos.


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