Si no fuera porque Tania siempre actuaba con cautela, la última vez Leonor ya la habría atrapado.
Al otro lado del teléfono hubo un momento de silencio, recordando claramente el fracaso anterior.
El hombre era un matón callejero que se dedicaba a este tipo de trabajos, especialmente para señoritas y jóvenes ricos que querían darle una lección a alguien.
Lo había hecho varias veces y nunca había fallado.
Por eso, cuando fue a Parque Prime a esperar a que Leonor saliera, no le dio importancia. Pensó que sería como siempre: se disfrazaría, la atropellaría y se daría a la fuga.
Quién iba a decir que esa mujer, que parecía tan tranquila y delicada, reaccionaría tan rápido.
A pesar de la velocidad a la que iba, ella logró esquivarlo.
Y la primera reacción de la mujer después del impacto no fue de sorpresa o miedo, sino de sacar el teléfono para grabar.
Si no hubiera reaccionado rápido y se hubiera deshecho del coche inmediatamente después de huir, esta vez sí que habría caído.
Ese raro fracaso en su carrera hizo que la oscuridad en los ojos del hombre se profundizara.
—Señorita Sandoval, su hermana no es una presa fácil.
—La última vez, si no hubiera sido por mi rápida reacción, los dos estaríamos…
—Así que…
—Esta vez tendrá que pagar más.
A Tania, con una mirada sombría, le impacientaba la situación.
—El dinero no es problema. Si haces el trabajo limpiamente y la haces desaparecer de este mundo, te daré una bonificación de quinientos mil.
—La condición es que no vuelvas a fallar como la última vez. No solo no lograste nada, sino que casi me arrastras contigo.
—Trato hecho.
El tono del hombre fue desenfadado.
—No se preocupe.
—Usted es tan generosa, que nosotros también tenemos que dejarla satisfecha.
Tania colgó el teléfono, miró hacia la mansión de los Ramos y una sonrisa cruel se dibujó en sus labios.
¡Leonor!
No creía que su suerte duraría para siempre.
Esta vez.
¡A ver cómo escapaba!
…
Mientras tanto, Leonor regresaba a Parque Prime desde la Clínica Claridad.

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