Leonor podía adivinar los pensamientos sucios que cruzaban la mente de Jaime Sandoval.
Después de todo, para ellos, ella no era más que una chica del campo, ex convicta, sin educación, sin modales ni cultura.
Con solo una cara bonita, ¿cómo podría haber seducido a una figura tan importante?
Sin embargo, a Leonor no le apetecía dar explicaciones.
No se puede hablar del mar con la rana del pozo.
La gente como los Sandoval, con su arrogancia, solo creían en sus propias fantasías.
Hasta que no se enfrentaran a la cruda realidad, no despertarían.
Así que explicar era inútil, una pérdida de saliva.
Leonor extendió la mano: —Devuélvemela.
Ya era tarde, quería irse a descansar.
Jaime Sandoval apretó la credencial, sin intención de devolvérsela.
La escrutó con la mirada, y de repente, como si algo se le hubiera ocurrido, dijo con firmeza.
—¡Ya sé!
—Seguro que la conseguiste por algún «medio especial».
—¿Qué relación tienes con Fernando Soler?
El aire se congeló de repente.
Leonor levantó lentamente la mirada, sus ojos fríos como cuchillos.
—Jaime Sandoval.
Dijo, palabra por palabra, con una voz gélida.
—¿Estás insinuando que conseguí la carta de recomendación a través de un «trato bajo la mesa»?
A Jaime Sandoval no le parecía mal especular de esa manera sobre su propia hermana.
Al contrario, al ver el rostro frío de Leonor, sintió que había tocado un punto sensible, y se convenció aún más de que esa era la verdad.
Así que, con aires de superioridad, intentó sermonearla.
Leonor no quiso escuchar y lo interrumpió.
Miró a Jaime Sandoval como si fuera una cucaracha en una alcantarilla.
—Jaime Sandoval.


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