Pero entonces recordó que su primer paciente después de salir de la cárcel había sido doña Muñoz.
Además, Patricio Muñoz le había pagado generosamente y le había recomendado a muchos otros pacientes, convirtiéndose en una de las pocas personas valiosas que había encontrado tras su liberación.
—De acuerdo.
Leonor asintió, aceptando.
—¿Aproximadamente cuándo sería?
—¿Y dónde sería el tratamiento?
—En Ciudad A.
Al ver que Leonor aceptaba, Patricio soltó un suspiro de alivio, pero luego su expresión se tornó un poco difícil.
—Sin embargo… el tiempo apremia. Necesitaríamos que viaje conmigo a Ciudad A mañana mismo.
—¿Tan urgente?
—La enfermedad no espera.
Patricio sonrió con amargura, consciente de lo apresurado que era todo.
—La condición del señor ha empeorado en los últimos dos días, y la familia está muy preocupada.
Leonor pensó en su agenda.
Últimamente, aparte de las revisiones periódicas de Luna Ramos y el tratamiento de la piel de Héctor, no tenía otros compromisos urgentes.
Como ya había aceptado, y siendo una persona de palabra, no se echó para atrás.
—Está bien, prepararé algunas cosas y partiremos mañana.
En realidad, la ropa y demás no era lo importante, sino sus herramientas de tratamiento.
Al ver lo nervioso que estaba Patricio, Leonor pensó que antes de partir por la mañana, sería mejor pasar por la Clínica Claridad a recoger un nuevo juego de agujas que había encargado y algunas hierbas medicinales de gran valor.
Patricio le dedicó una sonrisa de gratitud. Efectivamente, no se había equivocado con ella.
Como Leonor había aceptado, él ya podía volver y dar la buena noticia.
—De verdad, muchísimas gracias.


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