—¡Ay!
Héctor aspiró una bocanada de aire frío, todo su cuerpo se tensó como una piedra.
—¡Espere, espere! ¿Ya entró la aguja?
Diez minutos después.
—¡Ay! ¡Más despacio, más despacio!
—¿No dijo que no dolía? ¡Mentira!
—¡Doctora, tenga piedad! ¡Todavía no me he casado!
Héctor estaba tumbado en la camilla de tratamiento, gritando como un loco. Un hombre de más de metro ochenta encogido como un ovillo, con los ojos llorosos, resultaba una escena cómica.
Leonor no pudo evitar reírse, pero sus manos se mantenían firmes como una roca.
—No te muevas.
Leonor le sujetó la pierna, le agarró el cuello para inmovilizarlo.
La sangre oscura fluía lentamente por el orificio de la aguja.
—La picazón se debe a la sangre estancada, te sentirás mejor después de sacarla.
Héctor, al borde de las lágrimas, solo podía agarrarse con fuerza al borde de la camilla, murmurando sin parar.
—Se acabó, se acabó, me voy a morir... ¿Por qué esta sangre es negra? ¿Estoy envenenado? Doctora, dígame la verdad, ¿todavía tengo salvación?
Leonor, a punto de temblar de la risa por sus ocurrencias, dijo con resignación: —Si te sigues moviendo, la aguja se desviará y te dolerá más.
Esa frase surtió efecto. Héctor cerró la boca de inmediato y hasta contuvo la respiración. Sin embargo, sus ojos seguían fijos en la aguja, como si estuviera librando una batalla a vida o muerte con ella.
Media hora después, el tratamiento terminó.
Leonor guardó las agujas y le puso a Héctor un parche hemostático.
—Listo, por hoy hemos terminado.


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