—¿Ahora es que te da por preocuparte?
—Cuando me metieron allí, ¿por qué no pensaron en eso?
—En un lugar como la cárcel, si no me defendía, ¿acaso crees que habría salido viva?
El tono de Leonor era ligero, pero sus palabras eran como un cuchillo sin filo, cortando lentamente el corazón de Julián.
La respiración de Julián se detuvo, su corazón fue apretado con fuerza por una mano invisible.
De repente, recordó la imagen de Leonor siendo llevada por la policía cuatro años atrás, sus ojos llenos de terquedad y desesperación.
Una rara oleada de culpa lo inundó. Julián abrió la boca, pero descubrió que no podía pronunciar ni una sola palabra.
Al notar la debilidad de Julián.
Tania de repente soltó un sollozo, y grandes lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.
—Todo es culpa mía...
Lloriqueaba, con la voz entrecortada.
—Si no fuera por mí, mi hermana no estaría tan enfadada...
Mientras hablaba, retrocedía, con una expresión de extremo remordimiento.
—Yo... será mejor que me vaya... Ver a mi hermana solo la pondrá más triste...
Leonor observaba su actuación hipócrita, sintiendo náuseas, a punto de vomitar allí mismo.
—Tania —dijo fríamente—. Tu actuación es cada vez peor.
El cuerpo de Tania se tensó, las lágrimas colgaban de su rostro, a punto de caer, lo que la hacía parecer ridícula y patética.
Leonor miró con interés el rostro falsamente agraviado de Tania, una sonrisa burlona se dibujó en sus labios.
—Pero... ya que eres tan considerada.
Leonor habló lentamente, su mirada afilada como un cuchillo.
—Entonces vete.
—Si tú te vas de la casa de los Sandoval, yo me quedo, ¿qué te parece?
La expresión de Tania se congeló, e instintivamente miró a su padre.


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