Las gafas con montura dorada ocultaban gran parte de sus emociones, pero a través de los delgados cristales, Sierra aún podía ver la preocupación en sus ojos.
Las espinas con las que se había rodeado se suavizaron al instante. Retrajo sus defensas y asintió.
—Sí.
Jonathan sonrió, luego tomó su mano y la alejó de la multitud sin darle a nadie más la oportunidad de reaccionar.
No fue hasta que ambos se habían ido que los demás finalmente se dieron cuenta de lo que había sucedido.
—¿Quién era ese?
—No lo sé, pero es bastante atractivo.
—Definitivamente. Alto, piernas largas, y ese rostro, tan guapo. Y tiene esa vibra intelectual y reservada. Me encanta eso.
—¿Verdad? La forma en que tomó la mano de la chica hace un momento fue tan imponente. Totalmente confiable.
—...
En medio del murmullo, Denise se mordió fuertemente el labio inferior, su mirada fija en la dirección en la que se habían ido.
...
En el auto, Sierra ocupaba el asiento del copiloto, su mirada perdida en el paisaje nocturno que desfilaba tras la ventana. No cuestionó el destino al que Jonathan la conducía. El agotamiento la envolvía por completo. Había herido a otros mientras se desgarraba por dentro. Cada palabra lanzada contra los Xander había sido una daga que también la atravesaba a ella misma.
Perdida en sus pensamientos, no registró cuándo Jonathan descendió del vehículo ni cuándo regresó. De alguna manera inexplicable, había depositado en él una confianza que desafiaba su cautela habitual.
La voz de Jonathan la trajo de vuelta:
—Hemos llegado. Bajemos.
Sierra alzó la vista y descubrió que estaban en la playa.
Desconocía cómo Jonathan había encontrado este rincón secreto. La playa se extendía desierta ante ellos, con arena suave y un horizonte que cortaba la respiración. Tras años viviendo en Maviston, nunca había sospechado la existencia de este paraíso oculto.
La brisa marina acariciaba su piel, y por primera vez en una eternidad, Sierra sintió cómo la tensión abandonaba su cuerpo.
Se dejó caer sobre la arena, saboreando este raro momento de tranquilidad. De pronto, un destello de luz danzó ante sus ojos. Al bajar la mirada, encontró un pequeño pastel coronado por una solitaria vela.
—Pide un deseo —susurró Jonathan.
Su rostro, iluminado por la luz de la vela, parecía inusualmente cálido. Sierra sintió una agitación en su corazón.
No sabía cuándo Jonathan había comprado el pastel, pero esta era la primera vez en sus veintidós años que alguien celebraba su cumpleaños. Sus ojos inexplicablemente se llenaron de lágrimas.
—¡Apúrate y pide un deseo! La vela está a punto de consumirse —le recordó Jonathan.
Sierra cerró los ojos. Su deseo era simple. Solo esperaba que su abuela se recuperara de su enfermedad.
Cuando abrió los ojos, Jonathan le hizo un gesto para que soplara la vela. Luego, dijo:
—¡Feliz cumpleaños, Sierra! Que el resto de tu vida esté lleno de paz y alegría.

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