Sierra siempre había odiado los fideos. Había comido más que suficientes en la familia Coleman. Estaba harta de ellos.
El rostro de Eleanor se tensó ante sus palabras, un destello de vergüenza cruzó sus facciones. Incluso la expresión de Evan cambió ligeramente. Ambos recordaron aquellos años cuando todo su mundo había girado en torno a Denny. ¿Quién se había preocupado por una niña que trajeron a mitad de camino?
—...Lo siento, Sierra. Lo olvidé. —La voz de Eleanor era ansiosa, como si finalmente se diera cuenta de lo poco que se habían preocupado por Sierra—. Dime qué te gusta, y esta vez lo recordaré.
—No es necesario. No tengo hambre.
Con eso, Sierra se marchó. Algunas cosas, una vez rotas, nunca podían recomponerse.
Tenía una clase corta esa mañana. Tomando dos bollos de la cafetería, se dirigió directamente al salón de conferencias. En el momento en que entró, lo sintió. Las miradas. El escrutinio. Los susurros. La gente la observaba: evaluando, sondeando, con recelo y cautela.
Se detuvo por un breve segundo, luego caminó directamente hacia la primera fila. Pocas personas se sentaban al frente. Fue la primera en tomar asiento.
Tan pronto como se sentó, los murmullos a su alrededor se intensificaron.
—Es ella. Es la mayor de nuestra clase. Escuché que ya tiene veintiún años.
—¿En serio? ¿Comenzando la universidad tan tarde?
—Ella estudiaba aquí antes, pero se metió en problemas y estuvo encerrada por tres años.
—No puede ser. ¿La universidad aún la aceptó? Eso es demasiado generoso.
—Es verdad. Estaba en el departamento de literatura antes. Los estudiantes mayores aún la recuerdan.
—Ah, sí, escuché sobre eso. ¿No era una patética lamebotas? Siempre persiguiendo a Yaron. Él estaba tan molesto pero no sabía cómo rechazarla.
—¿Yaron? ¿Te refieres al Dr. Tan? Dios mío, ella realmente apuntó alto. Todos saben que a él le gusta la belleza del campus.
—Dicen que cambió de carrera solo para acercarse a él.
—Realmente piensa que la universidad es un chiste, ¿eh? ¿Y este programa? Buena suerte sobreviviendo a los exámenes finales.
Sierra escuchó todo. Ni siquiera parpadeó. Tres años en prisión le habían dado una piel más gruesa que eso. Estos rumores insignificantes no significaban nada para ella. Apenas los registró.
Pero cuando el profesor entró, ya no pudo permanecer indiferente. Toda la clase estalló.
—¡Santo cielo! ¿Estoy viendo mal? ¡Es el señor Yeager!
—¡No puede ser! ¡Es imposible conseguir un lugar en sus clases! ¡Solo enseña a estudiantes de doctorado! ¿Cómo tuvimos tanta suerte?
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